domingo, 30 de agosto de 2015

El dulcísimo Oeste portugués

Aveiro

Nada más pasar Aranda de Duero empezó a llover, primero suave, luego con cabezonería, y me apresuré a poner a Bob Dylan conectando el Ipod al enchufe del coche de alquiler que hasta ese momento había mantenido el parabrisas impoluto. Quizá fuera una casualidad o quizá yo lo hubiera programado así pero comenzó a sonar como un presagio Girl from the country side. Cerramos la ventanas, encogimos los hombros, cerramos los ojos por un segundo pensando aliviados en el calor que dejábamos detrás y seguimos camino hacia Donosti, San Sebastián, la tierra más hermosa.

If you're traveling the north country fair
Where the winds hit heavy on the borderline
Remember me to one who lives there
For she once was a true love of mine.

No sé cómo habíamos conseguido un apartamento barato, cercano a Zurriola, el paraíso de los surfistas de piedra, que sospechaba tras verles horas seguidas borrachos de olas, nunca volvían a dormir en sus cama de nubes y algodón, sustituyéndolas por el agua salvaje del Cantábrico.

No era nada del otro mundo, una vivienda de porteros acondicionada para hijos venidos a más o menos, según se mire, con pocas vistas, cocina desmejorada y cuarto de baño que no había conocido mejores tiempos, pero que podría haberlo hecho con algo de amoniaco o cariño, pero prometía un refugio seguro y una cama propicia.

Además la zona se estaba convirtiendo en la parte canalla de los mejores pinchos de la ciudad, con un público amable y abierto que confraternizaba con los surferos, los guiris, los borrachos de niebla y los hipsters donostiarras, que empezaban a reclamar su protagonismo en la ciudad de la concha perfecta.

Al día siguiente empezó a llover. Sin piedad, no respetó ni el Festival de Jazz, ni las carreras de traineras en la Concha, ni nuestro afán por las fotos juntos, enlazados por la cintura, mirando el horizonte con fijación de enamorados, en un bulevar que las reclamaba a gritos. El peine de los vientos se vengaba de los forasteros salpicando con sus bufadoras hasta a los más cínicos y desencantados de los que habían entrado en ese cul de sac donde el Cantábrico se abría al Oeste.

No dejó de llover en doce días. A veces podíamos ir a la playa de Ondarreta, ponernos levemente el bañador y renunciar tras recibir la ducha fría de la lluvia del Cantábrico. Sólo los niños se bañaban en las piscinas para niños cubiertas por un toldo. Como además madrugábamos, el mar nos miraba con gesto adusto y la playa nos negaba los servicios que prometía para más tarde si el clima mejorase.

Nos íbamos enfadados sin motivo a uno de esos establecimientos tan norteños, mitad cafetería, mitad pastelería, con periódicos, cruasanes y excelente café natural a ver pasar la mañana y las nubes, hasta que cansados emprendíamos el camino de regreso a Zurriola; seguro que en Zurriola hace bueno, yo subo a hacer la comida, quédate tú a bañarte o caminar por la orilla, dame tu móvil, toma diez euros, no comas porquerías… para luego subir empapada y enfurruñada, con hambre, pero sin sal en la piel.

Huir no servía de nada, Hondarribia, Zumaia, Guetaria presumían del mismo tiempo mientras Madrid se derretía de calor y Donosti seguía impertérrita, con su oferta de pinchos y mar, de paseos imposibles y montes de arena. Cuando acabó el periodo de alquiler, algunos kilos más gordos, salimos hacia el oeste pensando que en Galicia el tiempo sería más amable. 

El criminal siempre vuelve al lugar del crimen y Muros me llamaba con su promesa de poca gente, pasteles baratos y centollas rojas, vinho de poca graduación y molinos de marea, a caballo en tierra de nadie, entre las rías bajas y las altas, sin que la ría de Muros y su tranquila lonja atrajera a más veraneantes de la cuenta. Allí acabamos tras quince horas de viaje sin concesiones, en la casa rural de un gallego retornado de Argentina que prometía refugio y jardín, traducido a una humedad resentida y un patio donde las hierbas eran más salvajes que los detectives en México DF.

Soltamos las maletas y corrimos a nuestra playa más privada, con verdadera ansia por el sol, incluso para mi, siempre alérgico a la luz, a las verdades imborrables y las mujeres sinceras. Nada más llegar Marta se quitó el bikini y se tiró boca arriba en las dunas, a pocos metros de un Atlántico donde hacía años me había bañado con delfines, que tanto estorbaban para intentar pescar robalizas. Ronroneaba.

Al día siguiente empezó a llover quedito por la mañana.
-No es nada, -dije-, en Galicia es normal, en unas horas estamos bañándonos en Ancoradoiro, solitos, como en el tango. Pero no, no dejó de llover en dos días. Bajamos a la playa tras saludar a El Zote, que fiel a sus costumbres seguía varado en la misma silla del camping, invitando a cerveza a todo compañero del gremio del libro que se acercara por aquellas ásperas costas.

Pasamos dos tardes jugando a las cartas bajo la carpa de un bar de Muros, dejándome ganar con ojos de vidrio por los gin tonics y el aburrimiento. Ya habíamos paseado por Ézaro, San Francisco y el faro de Monte Louro, sin recibir más que agua mansa y algunas miradas sarcásticas de paisanos de la zona. 

Las paredes de la casa rural del argentino regresado rezumaban agua y uno dudaba de que fuera necesario tirar de la cadena cuando se levantaba transido de frío a las seis de la mañana a desalojar el ribeiro branco y el aguardiente turbio.

Una mañana a las seis dejamos las llaves en el mostrador desierto y sin tomar un café salimos hacia Portugal donde decían que el sol, el odiado sol de la capital, alumbraba las costas salvajes del Atlántico.

Disfrutábamos de la alegría que embarga a los que llegan al extranjero sin proponérselo y abandonan su país, sus miedos, su moneda y su lengua. Celebramos el cambio de cerveza como si fuera un acontecimiento, pasamos Oporto como en un sueño, y al cabo de unos kilómetros la tierra se abrió dejando a su izquierda una lengua que avanzaba entre el océano y el mar interior con  muy poca circulación y menos turismo.

Conseguimos una habitación en una pousada de Torreira que abría balcón a la ría de Aveiro, donde pescaban con más optimismo que resultados algunos paisanos con equipo que a los viajeros les resultaba familiar pero antiguo, como si se tratara de miembros ahogados del Nautilus.

Así se lo siguió pareciendo cuando se levantaron desnudos para asomarse al balcón, a ver un amanecer que trazaba una fina línea amarilla sobre la ría. Ambos jurarían que los pescadores eran los mismos inútiles, borrachos de sombra, que tiraban el sedal al atardecer, aunque nadie podría haber asegurado que su intención fuera  pescar.

Esa noche, tras vagabundear por las riberas, bajamos a cenar al final del callejón sin salida, en Sao Jacinto, desde donde salía el ferry hacia Aveiro. Las orillas estaban desiertas tras la partida del último barco. De entre las terrazas desiertas,  eligieron una al azar que prometía en una pizarra peixes y vinho.

Cegado por la soledad de la terraza, el atardecer suavísimo del Atlántico cercano pero invisible, la cara amable del camarero, un joven de pelo negrísimo y delantal historiado, el viajero pidió dos botellas de Vinho Verde.
-Una ahora y otra después –replicó su pareja-. Si es caso.
-Lo será. Vale. Una botella ahora y una Coca Cola para la señorita. Y peixe, a lot of fish, or shell fish if you have, please. Any kind of shell fish, balbuceó mientras el camarero le miraba de hito en hito. 
Confiaba que la tradición anglófila de esa zona de Portugal amparase su sed de alcohol, disfrazada de hambre de marisco. A los diez minutos pudo pedir la segunda botella de Vinho Verde, bajo la mirada de piedra de su pareja, claramente reprobatoria.

Condujo hasta la pousada despacio y subieron a la habitación en silencio con tropezones aliviados por la alfombra de cuerda cruda. Se asomaron al balcón y el río relucía plateado y en completo silencio. Los pescadores parecían figuras petrificadas y eternas, sin la más mínima fe de pescar algún pez. Yo sorbía la bebida. Marta fumaba en silencio y me miraba con rencor de arrepentida. 

Dormimos hasta tarde. El desayuno, largo y con voluntad de matar la resaca más enquistada, nos dejó disfrutar el río y los mismos pescadores. Es imposible, pensé, es la resaca, se han tenido que mover, o pescar algo, o morir del frío de la madrugada del Atlántico pasada por el puré de la niebla del río. 

Mucho antes de la caída del sol fuimos a Torreira, a un chiringuito que conocía Marta que se llamaba A  Sardinha, en un pueblo más desolado que un fado,  junto a una de las playas más salvajes del Atlántico.  Actuaban grupos de música a partir de las diez de la noche y las cervezas costaban un euro justo. Los cacahuetes estaban algo húmedos pero no rancios. El sol bajaba como la bola de una de esos monstruos que derriban casas por mandato de la autoridad. No había mucha gente pero en la playa seguían plantados los paraventos que protegían a los bañistas de los vientos criminales del oeste. Pensé lejanamente en bañarme bajo la bandera roja mientras apuraba la segunda Bock, pero la mirada de mi pareja que seguía la mía algo ausente por el alcohol, me disuadió. 

El sol se metió lentamente por el mar, por Nueva York, cerca al paralelo 40. Los colores de los paraventos vibraban mientras la luz se aquietaba y bajaba, el agua se amansaba, y  viento obedecía a las térmicas y se apagaba como una vela. 

Nos levantamos, miramos a nuestro alrededor, solitario, y a nosotros mismos, nos abrazamos cada uno a su pareo y su rebozo y bajamos en silencio a tomar una pizza portuguesa, a la espalda de Europa, ajenos al polvo y al hierro.
© alfonso ormaetxea

lunes, 10 de agosto de 2015

Isaba, donde pasa el tren del viento

El valle encantado de Belagoa

El muchacho, joven estudiante de sociología de apenas 18 años, se dirigió a la estación de autobuses de Santander para coger el que le llevaría, casi sin paradas intermedias, hasta San Sebastián. Allí pasaba el verano Javier, compañero de facultad, donostiarra, algo depresivo, rebotado de varias carreras que también había acabado en el campus cutre de San Blas, en un intento del gobierno, en aquel entonces franquista en estado químicamente puro, para descongestionar de rojos el Paraninfo y las traseras de lo que luego, con el franquismo algo más entibiado, sería el Palacio de la Moncloa.

Al llegar a la elegantísima ciudad de la concha pluscuamperfecta llamó por teléfono y su amigo bajó desde el Boulevard a recogerle, ya en plena tarde, y enseñarle brevemente el Barrio Viejo, tomar unas cervezas y anunciar que su madre estaba fuera, una farmacéutica con botica propia en lo mejor de la ciudad, recién separada en una época en que divorciarse sólo salía en las películas de Arte y Ensayo y que llevaba mal su condición, la tristeza perenne de su hijo y su afición por atracar determinados estantes de la tienda de su madre.

Chispeaba y casi atardecía sobre el diminuto puerto pesquero cuando sus pasos les llevaron a enfilar hacia el piso donde pasar la noche antes de continuar hasta Pamplona y luego Isaba, un pueblo de montaña donde decían que se comían las mejores migas de pastor de toda Navarra, las vacas subían hasta los 1000 metros por no se sabe qué tributos y qué promesas mentidas, algunos hablaban en voz baja en vascuence y se podían coger truchas casi a mano en algunas de las torrenteras del valle. Y donde pasaba las vacaciones en familia la novia informal del viajero, o como diablos se calificara entonces a esas leves relaciones de adolescentes un poco afiebrados por la vida.

Compraron unas cervezas de litro y unas patatas de fábrica local y una vez instalados en el salón de la madre ausente, Javier empezó a poner discos de Leonard Cohen, a los que se habían aficionado en virtud de otro estudiante, también judío, mujeriego y mal cantante  como el propio canadiense. Al cabo de un rato iniciaron una conversación que quería ser intrascendente sobre Susana, nuestra común Susanita, esa que había mandado dos postales idénticas a los dos amigos, con el mismo texto, “sigo muerta”, y sobre Ramón, el que luego fuera bajo de Los Secretos, dueño por siempre de flequillo country y cara de niño.

También charlaron sobre las asignaturas pendientes, el estado de la Revolución en la que creían factible aproximadamente el diez por ciento sumado de ambos aunque siguiera siendo obligatoria y la experiencia pasada juntos de dos días detenidos en los calabozos de la DGS de Sol y la subida con la Estupa a Peguerinos donde el viajero había compartido un plato de callos con los policías tras comprobar estos que allí no había más que unos rojos jóvenes, ingenuos y borrachuzos de alcohol patrio y no una banda de traficantes de hachish. Así fueron alternando los temas con algo de quincalla sentimental de la mejor especie y en vista de que el cansancio y el sopor aumentaban y los temas decaían, Javier bajó a la farmacia, de la que tenía llave, a buscar un buen puñado de anfetaminas y un repelente para mosquitos que pensaba que su amigo iba a necesitar.

Dejaron la cerveza y se pasaron al vino peleón para reforzar el subidón de las anfetas. La música empezó a coger peso, los colores densidad y la conversación viró a temas que en esas circunstancias parecían trascendentes, y al finalizar la larguísima resaca, si uno era capaz de acordarse de la centésima parte, resultaban cursis, lejanos, envueltos en el algodón de las drogas y como se decía por aquel entonces, algo pequeño burgueses.

El caso es que al romper el alba con la grisura leve del Cantábrico instalada en los balcones donde el viajero se asomaba con gula a respirar el aire que aliviara su ansiedad artificial, el vino se había acabado, la conversación había detenido su giro frenético y Suzanne ya no te acompañaba al río adornada con las cintas del Ejército de Salvación. La otra Susana no volvería tampoco a despachar más postales desde Suiza.

La carretera a Pamplona serpenteaba igual que el vinazo en el estómago del viajero, absolutamente reacio a tomar algo sólido hasta algunas horas más tarde, tras la vertiginosa bajada de las Centraminas. Luego paseó desolado e insomne por la plaza del Castillo arrastrando su descoyuntada mochila, haciendo tiempo hasta que un autobús local remontara la carretera pegada al río que bajaban, creía haber leído en alguna parte, los almadieros del Pirineo navarro hasta llegar al valle a vender la madera.

Se sentó en el primer asiento para atemperar el mareo y también para ver manejar el mastodonte viejo a un conductor mayor y con boina, porque eso no podía llamarse txapela, que era un virtuoso en el arte del doble embrague y el freno eléctrico que accionaba constantemente por medio de un pequeño mando adosado al volante. Llegó a su destino en el fondo del bajón pero con hambre de 24 horas y antes que nada intentó averiguar la casa donde vivía su medio novia con sus primas, que resultó estaban de excursión por los montes cercanos. En la misma puerta del caserón dejó recado a una vieja malencarada que la esperaba en el bar frente al que paraba el autobús y donde había dejado su mochila.

Allí se comió un bocadillo enorme de tortilla paisana, el primero de una serie que recordaría hasta el mismo momento de escribir estas líneas, hecho por algún paisano obsesionado con la txistorra y poco con los guisantes y otras verduras de la Ribera, hasta que apareció la muchacha en cuestión, bajita, ojos azules, un poco rubia, de nariz afilada, con cara de desconcierto y algo de timidez,  vestida con unos vaqueros acampanados con un bordado de una niña con coletas y acompañada de la típica prima fea que suelen tener las chicas guapas de nariz afilada, ojos claros y pelo rubio.

Esa fue la primera noche que durmió al raso, porque la tía, que resultó ser a la que había dejado el recado y había sido encargada por la madre de la custodia de su pequeña y de su honra, miró al joven con su perfil más adusto y luego con otro claramente reprobatorio a su sobrina y le negó casa y cobijo a pesar de que el zaguán era grande, estaba convenientemente separado de la escalera que conducía a los dormitorios y el muchacho ensayaba su sonrisa más desarbolada y lastimera dispuesto a dormir en cualquier parte.

Así que extendió el plástico en una ladera cercana, junto al río, que había traído previsoramente sabiendo que alguna noche iba a vivaquear, se puso toda la ropa que llevaba en la mochila, y se caló la txapela hasta las cejas, esta sí, auténtica, comprada en el Botxo hace algunos años con su padre cuando le llevó de excursión a conocer la ciudad que iba a convertirse en la de su nacimiento a pesar de haberlo hecho a 400 kilómetros de San Mamés.

Ya era de noche pero aún no caía el relente que le iba a calar el saco, la mochila, dos capas de las tres que llevaba puestas, y las botas, aunque no la txapela. Había sido previsor con el plástico, pero no lo suficiente como para haber comprado la cantidad precisa para que le cubriera con dos o tres vueltas mientras intentaba dormir algunas horas antes de que la madrugada y el eterno gallo cantamañanas se pusiera a anunciar a sus huestes, con el mismo alborozo que en Benarés, el milagro de otro día surgido de las tinieblas y que si querían sexo fueran formando la fila.

Se incorporó, desentumeció las articulaciones de solo 18 inviernos, abrió la cremallera del saco, lo puso sobre unos arbustos a secar y esperó que la promesa del sol rebasara los montes del este, lo que iba a tardar su buenos sesenta minutos, calculó mientras encendía un cigarrillo negro sin filtro.

A las ocho, pasados muy sobrados los minutos previstos, guardó el saco húmedo y alguna de las capas que llevaba encima, se colgó la mochila y se encaminó al hotel que había visto al entrar en autobús al pueblo, pasó al bar ante la mirada escrutadora pero muda del recepcionista, pidió un café solo y entró a lavarse en los servicios.

Y aún sin salir el sol del todo encontró un colmado panadería donde compró jamón de york del más barato, una botella de vino sin marca y una barra de pan aún caliente, se sentó en un poyete cercano y se comió entre largos tragos y los primeros rayos de sol, el segundo bocadillo más memorable de su vida.

Luego ya se le acumulan los recuerdos, la pesca, en efecto, de las truchas a mano tendida aunque sólo consiguió hacerles cosquillas en la barriga y empaparse por segunda vez en el día; la subida en autostop a la Venta de Juan Pito donde accedieron a ponerles una ración de migas a precio de amigo que se comieron a media montaña contemplando el valle encantado de Belagoa; el alto en Txamantxolla donde les llevó un viejo que no hacía más que preguntarles si dormían juntos en el mismo saco; el descubrimiento con unos paseantes de Bilbao de que el aceite de las latas de anchoas está mejor que las propias anchoas; la sempiterna prima que no les dejaba ni a sol ni a sombra, el intento de subida al Ori, abortado a las dos horas de caminata y los paseos por la carretera que conducía a Uztárroz sin darse la mano por si aparecía la tía.

Aguantó dos días más durmiendo al raso porque hasta a un joven de su edad las articulaciones le piden tregua; porque el recepcionista del hotel ponía cada vez peor cara cuando le veía entrar mojado, arrastrando una mochila de la que sobresalía el pico de un saco que daba lástima genuina; porque querían tener un sitio donde dormir juntos la siesta y escapar un instante de la prima de pueblo; y porque era un placer charlar un rato con los que le alquilaban una habitación abuhardillada, forrada de madera y de excelentes vistas, que sonreían sin malicia cuando subían juntos por la empinada escalera…

Pero siempre echaría de menos los bocadillos de jamón de york y de ese otro jamón navarro, bueno sólo para magras, los tragos de vino tibio, el sol asomando por los montes de la cara noreste que le calentaba el alma y el saco extendido, el azul del cielo según abrían las nubes y la frase del libro de Vázquez Montalbán que llevaba en la mochila, apulgarado de tanta humedad de verano, donde podía leerse la frase que culminaba Happy End:

“Sigue tu camino, extranjero, no hay piedad para el que ha perdido el tren del viento”.


Y se sentía bien, lejos de su familia en las campas pijas de El Sardinero, todavía con algunos tiritones, mientras el sol tibio le calentaba por fuera y el vino por dentro, saboreando las magras y el pan recién hecho, subido en ese poyete, a lomos del tren del viento.

© alfonso ormaetxea, (40 años más tarde)

martes, 7 de abril de 2015

Galiza 2015 Fai un sol de carallo



Galiza marzo 2015 from jesus palancares on Vimeo.

La costa Ártabra


O eso dicen ahora...

lunes, 25 de junio de 2012

El Sol de Medianoche



 Noruega, Bergen-Kirkenes, junio 2012






martes, 8 de marzo de 2011

Es África, bobo

Puerto de Zanzíbar

Un noviembre en Zimbabwe y Zanzíbar


“Perdona un momento, estoy haciendo una autopsia. Te llamo en cinco minutos. ¿En qué hotel dices que estás? Chico, eso es un burdel. Como te las gastas. Te llamo”.

El viajero iba despegando el auricular del oído según su interlocutor le contaba desde el otro lado del hilo lo que se traía entre manos. Vaya sí sabía que estaba en un burdel. O mejor dicho, en un hotel de parejas, aunque las parejas duraran unidas media hora. Se lo habían recomendado sus amigos del Comité Anti Apartheid de Madrid una noche en que Johnny Clerk y Sabuka actuaban en la Ciudad Deportiva del Real Madrid, que en paz descanse.

“¿Vas a Zimbabwe? Ve a ver a Manuel, trabaja en un hospital de Bulawayo. Y le llevas unos libros y otras cosillas que te daremos”, le dijeron mientras intentaban vender unas camisetas espantosas de Mandela, color amarillo fosforito. Uno era profesor en la Universidad de Madrid y el otro, hermano de un famoso diputado vitalicio y eterno de las huestes del socialismo real, el PSOE, se apuntaba a todas las causas perdidas de África, es decir, a la totalidad del continente.

“Estaba por allí cuando todavía era Rodesia y luego se enroló en la guerrilla como médico. Que te cuente la vez que tuvo que cruzar el Zambezeee a nado”, le contaron entre risas al unísono mientras Johnny se descoyuntaba en el escenario. La pareja miraba de soslayo. “Que se joda. Con que el zulú blanco… Pues que baile como ellos o que se parta un remo”.
Escolares en Zanzíbar

Unos días más tarde el viajero cogió un avión de British Airways y tras unas 25 horas de vuelo se plantó en Harare, una ciudad hermosa, con todas las jacarandas en flor, mucho más cara de lo que se había imaginado, con un solo museo y un montón de locales donde bailar Chimurenga y beber cerveza sin parar mientras la cartera aflojaba la cintura. Comió una de las mejores carnes que recuerda junto con un puré de mijo que le hizo vomitar dos horas más tarde el jugoso lomo de buey; visitó el mercado de Musika donde parecía que sólo vendían afrodisiacos para blancos con un aspecto lamentable –el blanco y el afrodisiaco─, e hizo los preparativos convenientes para visitar las cataratas, algún parque, el hospital de su futuro amigo el forense de Bulawayo y luego subir a un avión hasta Dar es Salaam y visitar algunos parques si el dinero le alcanzaba.

Fue la primera vez que experimentó la fotografía inversa, es decir la que volvía locos a los zimbabuenses, que no cejaban en pedirle fotografiarse junto a él, e incluso sin él, en cualquier circunstancia, también de noche cerrada y eso que su cámara no tenía flash. El viajero aprendió a emitir un sonido que imitaba bastante verosímilmente el que producía el obturador de la máquina y ahorrarse película y revelado posterior. Le daba una mezcla de compasión y vergüenza devolver fotos reveladas a su proveedor, un yonkie regenerado a medias que llevaba a la ruina una tienda de fotografía en el barrio de Salamanca. La clientela que llevaba a positivar las fotos de la niña en su primera comunión salía despavorida cuando Diego les mostraba su mejor sonrisa, medio podrida por los estragos del caballo de ínfima calidad que consumía en su oriundo barrio de San Blas.

Tras pocos y costosos días en la capital se subió a un avión y tras algunas escalas, algunas previstas en el plan de vuelo y otras sospechaba que no, el aparato tomó tierra sobre una llanura calcinada que no hacía presagiar en absoluto la proximidad de las catataras Victoria, o Mosi ao Tunya, el humo que truena, como les llamaban los indígenas antes de que a Livinsgstone, un misionero congregacionista de mala catadura, se le ocurriera la original idea de bautizarlas con el nombre de su casta soberana.
El caso es que se bajó poca gente del avión y el viajero se quedó esperando un autobús que no tenía traza alguna de aparecer. Al cabo de un cierto tiempo, se acercó a un taxi que un día fue amarillo, donde dormitaba un africano enorme, que se mostró encantado de llevarle al poblado más próximo a las cataratas.

“Es una suerte, hermano; para ambos. No llegan muchos turistas ahora a las cataratas y no es normal que pare mi coche en el aeropuerto, pero había llevado a un primo que tenía que volar a Harare y me ha ganado el sueño.”

El viajero se felicitó por su elección de una temporada exenta de los fatigosos turistas. Buen mes noviembre, se dijo para sus adentros.

“No hay agua, casi. El río baja muy mermado en esta época y la catarata deja mucho que desear. No viene casi nadie, algún pringao como tú. Eso sí, los hoteles ofrecen descuentos muy atractivos”, dijo mirando despectivamente la mochila depositada en el asiento de atrás. Si la traducción por pringao del término empleado por el taxista, dude, podría plantear algunas dudas a un purista, su entonación y, sobre todo, la mirada del taxista sobre su mochila, no dejaba mucho margen de error.

Acabó instalado en una cabaña de madera de un camping totalmente vacío que disponía de una cocina, un lavabo, una alcachofa tísica de donde brotaba un hilillo de agua dos horas al día, y una letrina a una distancia razonable. Por todo utensilio de cocina había una sartén que brillaba como un espejo y en la que se pegaba hasta el aceite de cacahuete antes de echar en ella cualquier otra cosa.
El viajero estuvo vagabundeando por los alrededores de la –efectivamente- reseca catarata, hasta que descubrió un cartel que advertía de los cocodrilos que solían pasear por la zona. Los cocodrilos caminan mucho, le había dicho después el vigilante del camping a su atónito huésped. Salen a buscar hembra y a veces recorren hasta 25 kilómetros por tierra. Y sí, son peligrosos. “Eso es lo que nos diferencia, le respondió el viajero. Yo suelo recorrer mucha más distancia por los mismos motivos, pero sin perder nunca la sonrisa”. Desde entonces, el muchacho se reía cada vez que lo veía, saludándole y señalándole con el dedo: “Hi, Cocodrile”.



Como hasta una semana más tarde no tenía sitio reservado en el Parque Nacional Hwange, no podía pasear por la zona de los cocodrilos, el cercano y famoso hotel Victoria tenía las cervezas a un precio astronómico y las cataratas, aunque impresionantes, le producían una sensación de frustración al pensar en su segura grandiosidad en temporada de lluvias, se apuntó a una excursión ornitológica en lancha por el Zambezee. Le habían garantizado que salía porque ya tenían grupo mínimo garantizado, una pareja de chilenos bastante simpáticos que trabajan en la ONU y conocían un sinfín de países del mundo.

“Aquí hay mucha serpiente, cierto, pero nada como Malasia. Se nos tiraban desde los árboles. Tremendo señor, hágame caso”, decía el hombre, de pelo blanco, hablar cadencioso, y ojos azules algo velados por la edad. “Mi primera mujer murió de una picadura. Estábamos lejos del hospital y no pudieron administrarle el contraveneno a tiempo. Por fortuna, aquí en los hoteles no hay cuidado, pero cuidadito por estos trojes”.

La excursión ornitológicamente hablando fue un fracaso, pero el lanchón atracó en una pequeña isla del río y entre los exiguos excursionistas se comieron el refrigerio pensado para el triple de personas y dieron buena cuenta de seis botellas de vino blanco autóctono que entraba fácil pero brindaba una resaca colosal. El viajero se pasó toda la noche vomitando entre el césped cercano a su cabaña, no sin antes sacudir preventivamente con un palo las ramas cercanas en busca de ofidios entre arcada y arcada.

El día indicado agarró un autobús que le llevaría al Parque Nacional Hwangue, famoso por sus elefantes. El autobús le dejó a cinco kilómetros del camping principal con el sol en lo más alto. Contra su costumbre al llegar pidió una botella de agua mineral de litro y medio y se la bebió casi de un golpe.

Sus escasos recursos le daban para un safari en coche descubierto y otro a pie. Compartió vehículo con unas noruegas blanquísimas pero muy bien pertrechadas que incluso le cedieron un asombroso sombrero con una estructura plegable antes de que la insolación lo tumbara en el fondo del vehículo. A cambio él les prestaba unos prismáticos viejos que apenas facilitaban la visión. Las nórdicas acabaron rechazando educadamente el aparato. Vieron y casi tropezaron con un montón de elefantes negros como el carbón, incluso una familia con su pequeño elefantito. El viajero descubrió la emoción genuina de ver a los animales en libertad y en su hábitat, felices, despreocupados y absortos.
Pero fue mucho mejor el safari a pie. Al reducido grupo le acompañaba un ranger de sonrisa desproporcionada y rifle a todas luces inservible, joven y muy atractivo con su uniforme kaki de pantalón corto y su sombrero de ala ancha sacado de una película colonialista protagonizada por Clark Gable. Les enseñó las jirafas corriendo desconyuntadamente por la sabana, un rinoceronte lejano, las mangostas vigilando de pie muy aplicadamente sobre la llanada, un montón de cérvidos, y rastros, huellas y senderos secretos. Pero lo mejor fueron los consejos.

“Nunca se les ocurra, my brothers and sisters, pisar descalzos una bosta de elefante. Nunca, nunca”, subrayaba. “Los elefantes no tienen estómago propiamente dicho que las digiera y las enormes espinas de los baobabs quedan enteras y están muy afiladas”. El viajero le prometió no pisar nunca un cagajón de elefante sin ir adecuadamente calzado, lo que hizo cabecear aprobatoriamente varias veces al encantador guía.

La siguiente etapa era Bulawayo, donde el forense, amigo de sus amigos, vivía hacía un montón de años. Cuando se reunió con el viajero en un cafetín donde servían cerveza, le tendió una mano que el viajero estrechó con cierta renuencia y le preguntó con sorna qué tal había pasado la noche.
“Horrible. No he pegado ojo, música a todo gas, puertas abriéndose y cerrándose toda la noche, jadeos y gemidos en las habitaciones vecinas; hasta creo que han estado tocando los bongos o algo así”.

Manuel se retorcía de risa. “Además, domingo noche. Van casi todas las parejas con algo de dinero que no tienen casa propia y luego está el comercio carnal propiamente dicho. Pero no hay mal rollo. Por cierto, ¿estarás tomando el antipalúdico, verdad?”.

“Pues no, me sienta como un tiro. Además, hay que creer en la buena estrella”.
Manuel se levantó, pagó las cervezas, ganó la calle llevando del brazo a su visitante y abrió la puerta de un taxi aparcado. Le dio una dirección y llegaron a una enorme farmacia tipo drugstore pegada al hospital donde trabajaba. Entró, saludó efusivamente al mancebo, pidió un medicamento, señaló con un ademán al viajero, ambos se rieron un poco y pagó. Luego se lo tiró al vuelo e indicó el hospital cercano. “Vamos a mi apartamento y nos tomamos unos whiskeys. Si quieres te enseño la morgue, aunque mejor no. Ahora en 1990 el 30% de los muertos que me traen tienen VIH. En cuanto me doy cuenta ni los abro. Es una pandemia. No sabemos qué hacer para pararla. Por cierto, otro buen porcentaje de cadáveres lo son debido a la malaria cerebral. Los dos últimos españoles que pasaron por aquí la acabaron cogiendo. Uno murió en Madrid a su vuelta. Esta noche te tomas la primera pastilla, te siente como un tiro o como un guante.”

Bebieron whiskey, el visitante le entregó los regalos que le hacían llegar sus compañeros del Comité Nelson Mandela de Madrid, charlaron hasta la noche y al viajero se le olvidó, debido al alcohol y al olor ominoso que se le antojaba emitía la cercana morgue, preguntarle por aquella ocasión en que cruzó el Zambezee a nado.

Camino de su hotel se le ocurrió tomarse la última cerveza en un local del que salía una música alegre y bailona que luego averiguaría era de Thomas Mapfumo. Nada más cruzar el umbral treinta pares de ojos se volvieron hacia él. En efecto, era el único blanco. Y sólo alcanzaba a distinguir el blanco de los ojos de los parroquianos a los que bañaba una luz azulada. Ya no podía volverse atrás. Pidió una cerveza e hizo como si siguiera despreocupadamente el ritmo pegajoso que Thomas imprimía a sus canciones. Inútil. Le entró el más borracho de los asistentes, incluido el viajero:
“Hola macho. ¿De dónde eres?”

Fiel a su costumbre cuando estaba entre borrachuzos que no hablaban castellano, se dirigió a su interlocutor con toda la naturalidad que le brindaban los whiskeys del apartamento de su amigo, vecino a la morgue, en perfecto castellano.

“Buenas noches, caballero. Soy de Palencia, un sitio con mucha marcha presidida por una estatua maravillosa del Sagrado Corazón. Claro que te corta un poco el rollo, pero Palencia es lo que tiene. Muchos contrastes…”

El parroquiano se volvió al grupo expectante y les dijo en inglés:
“No entiendo lo que me dice el tío este. Debe ser Xhona”.
“Justo”. Y apurando de un trago la cerveza, saludó, se encaminó hacia la puerta y salió aparentando parsimonia a la vez que sentía una fina corriente de aire alborotándole los pelillos de la nuca.
Al día siguiente estaba de vuelta en Harare. Tenía pendiente una cita con el Viceministro de Información, que un amigo de la embajada de Nicaragua en Zimbabwe, le había dicho que era español.

Le recibió en su despacho un hombre que aparentaba sus buenos cincuenta, tocado por una barba fina y grisácea y unas manos bien cuidadas que movía con elegancia. Llevaba traje y corbata y tras su mesa colgaba una fotografía gigante del presidente, Robert Mugabe, con su bigotito, retratado con gesto adusto antes de convertirse en un sátrapa. La entrevista fue cordial aunque algo envarada. Le explicó que era el segundo del ministerio, que coordinaba la política informativa del gobierno y la importancia del mismo. Luego le relató someramente que estaba de misionero en la Rodesia de Ian Smith cuando la revuelta contra el régimen de apartheid se tornó más virulenta. Al cabo de un rato, miró sin disimulo su reloj. El viajero empezó a excusarse.

“No, no. ¿Quiere usted tomar un zumo en mi casa? Le presentaré a mi esposa. También es española. De Burgos”.
Una invitación así no se podía rechazar a pesar de la amenaza de la bebida. Bajaron al coche del viceministro, un sencillo jeep sin chófer que en menos de media hora les llevó a las afueras de Harare, y tomando una desviación por una carretera de tierra, acabaron en una casita baja rodeada de un jardín florecido. En efecto, una mujer con aspecto inequívoco de ser de Burgos y también de haber vestido los hábitos, salió a recibirles. A su marido le dio dos besos en la mejilla, al viajero le tendió una mano recatada.

Entraron en la casa, se sirvieron unos zumos de fruta desconocida y se sentaron en un tresillo a cuadros.
El vice se mostró más distendido y menos formal que en su despacho.
“¿Estarás tomando la quinina, verdad?”
“Sí, mi amigo de Bulawayo insistió en ello con verdadera firmeza”.
“Ah, Manuel. ¡Menuda pieza está hecho!”.
Escultura Shona


El viajero no rechistó. Luego escuchó sin querer demostrar demasiado asombro la historia de un alto miembro del clero español que se enamora de África, de su lucha por la emancipación y de una monja de Burgos. Por este orden. Ambos renunciaron a los hábitos. Ella trabajaba en un hospital de la capital y él había llegado todo lo lejos que le permitía su piel blanca. A viceministro. La charla siguió casi exclusivamente por parte del antiguo clérigo, que no dejaba meter baza ni a su invitado ni a su mujer. Al cabo de una media hora de disertar sobre la política del ZANU, el partido de Mugabe, ya unificado casi por decreto con el de su enconado rival, Josua Nkomo, fundador del ZAPU, dio la charla por concluida.

“Se hace tarde y estarás cansado. Le digo a Robert que te lleve de vuelta a tu hotel. Ha sido un placer hablar contigo y recordar viejos tiempos. Pero no volveré a España. Mis huesos reposarán en esta tierra, bajo una jacaranda del jardín. La jerarquía española no entiende nada o no quiere entender. Peor para ellos. Se creen que una misión sólo consiste en velar por las almas y los cuerpos. También hay que velar por las mentes. Jesús abanderó la lucha por la libertad”. Se puso de pie y le tendió la mano. “Adiós, buen viaje y buena suerte, muchacho.” La última palabra la pronunció casi con cariño.
Al día siguiente cogió un avión de Air Tanzania a la capital del país. El avión se caía a trozos, casi literalmente, pero las azafatas tanzanas eran unas mujeres hermosísimas, tocadas por una sonrisa que no despegaban de la cara sin que ese gesto se hiciera tan artificial como cuando lo adoptaban los occidentales, sobre todo los presentadores de televisión.

Dar es Salaam significa en swahili “remanso de paz” y era allí, en el aeropuerto, donde tenía que negociar un billete a la cercana y, entonces, mítica Zanzibar, hoy carne de resort para concluir con éxito y románticas veladas los viajes de los lunamieleros viendo animalitos en los parques del continente. Ya había echado cuentas de que el dinero no le llegaba para visitar ningún parque del continente y había optado por pasar los últimos días en Zanzibar. El billete le costó los dólares que figuraban en la tarifa y algunos más en concepto de lubricante para el empleado de la línea aérea que los despachaba.

Aun así no había plaza hasta para tres días más tarde, que pasó comiendo en un restaurante indio que conseguía un nivel de oscuridad en el comedor que hacía imposible distinguir la comida, bebiendo cerveza y tragando polvo en una terraza de la avenida de tierra que atravesaba la ciudad contemplando curioso a sus habitantes, y cenando en la terraza superior de un hotel que tenía unas bonitas vistas del puerto y el mar pero un dudoso gusto por la música, sólo occidental y como de ascensor, que salía de unos altavoces monstruosos.

Una tarde, harto del polvo y de la cerveza del bar, miró hacia la parada de taxis que había junto a su ya familiar terraza. Inmediatamente un taxista levantó una mano que le hacía un gesto invitándole a acercarse. El viajero le hizo caso, se acercó, le preguntó si conocía un museo que estaba a unos cuantos kilómetros del centro y cuánto podría salirle la carrera ida y vuelta.

El conductor afirmó varias veces, planteó una cifra exagerada, la rebajó consecutivamente dos veces sin que su pasajero dijera palabra, le empujó dentro, cerró la portezuela y sin dejar de sonreír pegó dos patadas al acelerador y giró la llave de contacto. Tras hora y media de pelear con el tráfico local, sobre todo de tracción animal, llegaron a una finca donde se levantaba una enorme cabaña circular de palos, cubierta por una techumbre de paja. A un lado había un cartel que decía:

MUSEO ÉTNICO DE DAR ES SALAAM
CERRADO POR REFORMAS. VUELVA PRONTO.

“¿Sabías que estaba cerrado?”
“Sí, bwana, ─el viajero no dejó de advertir que le llamaba bwana, en realidad “señor” en swahili, lo que le hizo verdadera ilusión, sin asomo de vergüenza colonial─, pero le veía todo el día ahí aburrido bebiendo cerveza, que pensé que le apetecería dar un paseo. La verdad es que en Dar hay pocas cosas que enseñar a los turistas. Aquí al lado hay un bar que tienen una cerveza muy fría”.
Y allí se dirigieron a echar unos tragos antes de volver a la terraza de la capital a dejar pasar el tiempo hasta que el reloj marcara la hora de ir a cenar, intoxicándose con la música retrechera y empalagosa del hotel del puerto.

Desde el avión, que tardaba apenas quince minutos en cruzar el estrecho entre el continente y la isla principal del archipiélago de Zanzíbar, pudo distinguir un bloque de cemento en forma de cruz, de aspecto genuinamente estalinista, que sobresalía entre los cocoteros.

Mercado de Stone City


El taxi le dejó en un pequeño hotel local, de aspecto y decoración a caballo entre la cultura india, árabe y africana, muy sencillo, limpio y A-cogedor ─como decía marcando siempre los tiempos con retranca su amigo Javier el chiapaneco─, con alfombras tejidas de fibra de palma, una cama enorme cubierta con una colcha blanca de algodón y rematada por un cabecero de hierro forjado y un balcón que daba a una cegadora calle muy estrecha.

El corazón de Stone Town, Patrimonio de la Humanidad, conseguía siempre desorientarle entre sus vericuetos y callejuelas que revivían en el crepúsculo, tras el calor asfixiante del mediodía, y mostraban su piel multicultural de encrucijada de caminos y mercado de esclavos negros. Y casi siempre acababa en lo que fue un hotel, ya en aquellos días semiderruido, pero que conservaba una terraza a poniente sobre el mar que brindaba los atardeceres más hermosos que recuerda el viajero, mientras los dowhs regresaban a puerto lentamente a fuerza de sus grandes velas latinas. Un viejecillo traía samosas en un cubo que vendía inmediatamente entre la clientela variopinta y fidelísima que blandía como una bandera sus botellas de cervezas de litro, que se vendían frías al principio del ocaso, caldorras cuando ya caía la noche.

Allí se encontró con la panda de expatriados más excéntrica, fugitiva y nómada del cuerno de África. Un sargento retirado de la Legión Extranjera que regentaba una carnicería. Una pareja de italianos gay que estaban montando una pizzería aprovechando la excelente mozarella de búfalo local y que llamaban todas las tardes sin falta a su mama a gritos por la cabina situada al lado de la barra de la terraza. Y el amantísimo hijo invariablemente tenía los ojos arrasados en lágrimas cuando colgaba el auricular tras vociferar un rato largo con el telefonista y un rato mucho más corto con su madre. Un profesor de portugués nacido en Goa, que era una autoridad en mangos brasileños, indios y africanos. Una murciana joven también destacada como profesora, esta vez de español, en el Instituto de Lenguas Extranjeras de la isla, famoso en el mundo por enseñar el swahili más puro de África. Fue la joven murciana la que le explicó que el bloque de cemento se debía a la ayuda (¿ayuda?) de la República Democrática Alemana. Ella residía en el último piso. Le invitó a cenar una noche junto con la autoridad en mangos y le explicó que tenía que subir el agua a cubos por la escalera hasta el tercer piso del edificio para llegar al apartamento que estaba asignado a su cargo en el Instituto. “La primera semana fue horrible, aquí sola, subiendo el agua y la compra, entre cemento recalentado, pero Afonso ─y señalaba con el dedo al viejito de Goa, visiblemente paternal─ me ayudó y me animó mucho.”

A los tres días de ver atardeceres violetas y alimentarse de samosas de vegetales bañadas de un curry aromático cebado con las mejores especias de esta parte del mundo, el viajero se creyó en la obligación de visitar las playas del otro lado de la isla, de las que su guía australiana hablaba maravillas. Tuvo que contratar la estancia en la oficina de turismo de Stone Town y pagar por adelantado tres noches en lo que prometía ser una cabaña paradisiaca entre palmeras y corales. Un camión de redilas tardó tres horas justas en recorrer los apenas treinta kilómetros sorteando unos badenes que se tragaban a veces una rueda entera. El vehículo tenía que recoger y traer de vuelta a unos gringos jóvenes que habían cumplido su estancia en la playa.
La cabaña era en realidad una casa de cemento vacía cuyo único mobiliario eran tres tumbonas cuidadosamente protegidas por unos mosquiteros tan espesos que no dejaba pasar ni la luz. El viajero sospechó inmediatamente de la ayuda germánica.
El hotelero, un mestizo de piel amarillenta y mirar retorcido que cuidaba “el complejo”, le informó de que no había cerveza, que su mujer le haría diariamente la comida, ─pescado y arroz, recalcó─ y que nadar entre el coral podía ser peligroso.
Dowl

El viajero miró los mosquiteros con prevención, al hotelero con suspicacia y al mar con pena antes de recoger su mochila del suelo sin decir palabra, subirse al camión junto con los gringos y hacerle un gesto al conductor de que él también regresaba a Stone Town, a sus samosas y sus atardeceres, al viejito y su charla incontinente sobre Portugal y Goa, a la joven y encantadora murciana, a los gays enmadrados e incluso al carnicero Legionario que resultó ser un hombre educadísimo y muy culto, lo que excitó su imaginación sobre los oscuros motivos que podrían haberle llevado a alistarse en la Legión Extranjera.

Allí pasó los diez días que le quedaban, paseando por las callejuelas de piedra, visitando las plantaciones de especias, navegando en dowh hasta las islas cercanas, sin echar de menos las playas que años más tarde albergarían los Club Med y otros all inclusive, funestos inventos una humanidad descarriada, al igual que la silla eléctrica, la prensa rosa y la televisión.

Cuando el avión llegó a Londres eran las tres de la mañana y la azafata anunció que la temperatura exterior no pasaba de los tres grados bajo cero. El viajero salió tirando de la mochila a buscar el autobús que le llevaría a un hotel cercano, incluido en la tarifa, antes de volar al cabo de unas horas a Madrid y se encontró un conocido.

“Ahí va tú, ¿qué haces en Londres en camiseta con este frío? Pareces de Bilbao”.
“Hola, Txus, yo también me alegro de verte. Pero no, soy de Bulawayo. Del mismo centro de Bulawayo”.

©alfonso ormaetxea marzo 2011

Nunca podemos volver al mismo sitio. Incluso en el caso de que ese lugar no se haya vuelto irreconocible –cosa cada vez más difícil-, el paso del tiempo nos ha hecho irreconocibles a nosotros.

Eduardo Jordá, Lugares que no cambian