miércoles, 25 de marzo de 2009

Perito en dunas






Cada vez que decía que iba a pasar una semana en Brasil, a su interlocutor de turno invariablemente se le encendía una sonrisa maliciosa. Pero cuando el viajero añadía que iba al desierto de Brasil, a ver unas dunas enormes pespunteadas de lagos de agua dulce, el otro arrugaba el ceño y meneaba la cabeza.


Después de sobrevolar Lisboa y aterrizar al norte del diáfano estuario que forma el Tajo al llegar al Atlántico, el viajero tiene que correr para abordar el aparato que continúa hasta la ciudad de Fortaleça. Ha seguido el vuelo con curiosidad cada vez que la pantalla concedía una pausa y se abría para indicar los datos -todos como siempre estremecedores: temperatura, altura, velocidad...- y situar al avioncito virtual sobre un rosario de islas, Madeira, Canarias, Cabo Verde, que van jalonando como piedras en un río el trayecto de la nave hasta llegar a un punto situado algo más arriba de la joroba de Brasil. ¿Seguirá echando de menos su ayuntamiento con el vientre que forma el golfo de Guinea? ¿Qué se llevaría encima cuando se separaron los dos continentes? ¿Bosques de palmeras, animalitos, poblados enteros?

Antes de pasar control de pasaportes el estado de Ceará advierte contra el turismo sexual con unos grandes cartelones de muchachos y muchachas que invitan a decir no. Se siente el calor del trópico y una lluvia gris cae sobre la ciudad de Fortaleça, que se extiende trazando un arco muy abierto sobre una enorme playa donde se yerguen un montón de palmeras desmochadas, sucias y melancólicas. Pura transición hacia las playas más septentrionales, el viajero apenas sale unas cuadras de un hotel que promete resort, con sus muros de cemento ribeteados de colores pastel, para despacharse unos peces, unas cervezas y unos frijoles frente a la arena donde yacen como esqueletos las estructuras metálicas de cientos de chiringuitos.


Al día siguiente por la mañana, bajo el alegre sol de la madrugada del trópico están formados los todo terreno que llevarán hacia Jericoacoara al grupo de viajeros que se ha juntado en el hotel. Se trata de Land Rover flamantes, ahora ya sin esos odiosos trasportines traseros y con una suspensión cómoda para el asfalto que les deparan las siguientes tres horas de paisaje ininterrumpido de palmeras de todas clases y formas. El chófer del vehículo explica imponiéndose al ruido del motor las múltiples aplicaciones de estos enormes palmerales y sus cocos. El viajero cree escuchar algo sobre un programa llevado a cabo por la Universidad de Pará para investigar productos de origen vegetal denominado Poema, Pobreza y Medio Ambiente en Amazonía. Sin duda estamos en el trópico, murmura para sí.

El conductor explica también que gracias a la época de lluvias en la que nos encontramos en pleno mes de abril, el lujurioso bosque verde que se abre a ambos lados de la carretera, no se convierte en un erial agostado y ocre.

Tras unas cuantas bifurcaciones y algunos kilómetros más de asfalto los coches entran en una carretera primero polvorienta y luego arenosa. Se hace un alto para comer pescado, arroz y frijoles frente a un mar muy azul, regados en unas cervezas envueltas siempre en un caparazón rojo de plástico que promete resguardarlas del calor. De nuevo en los todo terreno, éstos enfilan la playa avanzando decenas de kilómetros a orilla de las olas, mientras el cercano horizonte dibuja las primeras dunas y las primeras palmeras solitarias con su charquito al lado, exactamente igual a los espejismos que se les aparecían a los náufragos del Sahara en los tebeos de una infancia ya remota

Está cayendo el sol y el conductor acelera la marcha y sale de pronto de la orilla para atravesar un camino que apenas se distingue. Al fondo empiezan a destacarse las siluetas de un poblado de construcciones bajas que el vehículo desdeña mientras atraviesa un regato y enfila una gigantesca duna donde se sientan, casi parece que con los pies colgando, una fila interminable de jóvenes descalzos, ataviados todos con indumentaria minimalista y tanto ellos como ellas con larguísimas melenas. El sol empieza a caer cada vez más rápidamente sobre el horizonte, casi desplomándose, amenazando con crepitar al hundirse en el agua. El viajero no espera el mitológico rayo verde que tanto ansiaba ver Cortázar pero mira de soslayo de vez en cuando bajo las tupidas gafas de sol.
En Jericoacoara ya hay luz, agua corriente y teléfono, pero aún no carretera asfaltada ni banco. Hay ya hoteles lujosos que juegan a feng shui y spa de mentirijillas, pero las ranas siguen hipando por centenares cuando el sol ya se ha ocultado del todo. “Es igual que hace 20 años”, escribe en su móvil a una amiga pionera que viajó en camión a este rincón mecido por las canciones de los Beach Boys. “Pero ha perdido ese encanto de paraíso auténtico y ahora es de casitodoacien” exagera apurando los 160 caracteres.

La mañana arranca lluviosa. “Es temporada” sonríen las dos chicas de recepción mientras levantan apenas los hombros. “Pero sólo un momentico, luego sol, muito sol” le responde uno de los conductores de la fila de bugis estacionados afuera. El día trascurre subiendo y bajando dunas a toda velocidad, haciendo fotos, atravesando lagos sobre almadías rudimentarias empujadas por los bicheros de los pescadores desplazados ahora a quehaceres más productivos, deslizándose por las dunas en tablas engrasadas en una especie sand board. El viajero abre las aletas de la nariz pretendiendo captar el aroma a breas, salitres y peces de un mar que no huele. Al fin, tras bajar la enésima duna, los pequeños bólidos rojos aparcan frente a unos chiringuitos instalados a modo de palafitos sobre el agua turbia de una laguna. Incluso hay mesas instaladas directamente sobre el agua.
Al cabo de unas horas y tras un atardecer que se arrastra lento los jinetes regresan al hotel con la satisfacción de haber hecho algo políticamente incorrecto y ecológicamente reprobable.

Al día siguiente toca barco, un lanchón panzudo y plácido que desde Camoncin se tomará unas cuantas horas en atravesar parte del Delta del Parnaíba. Nadie deja de escrutar el agua ante el anuncio de que podrían verse yacarés. Pero solo algunas tímidas iguanas contemplan impávidas y perezosas la comitiva desde algunos árboles pelados de la orilla. Sigue sin haber pájaros.
Casi con la caída del sol los tuc-tuc llegan resoplando hasta un recodo del río donde vuelven a levantarse unas dunas doradas a las que se fija el ancla. Al otro lado de Feijoo Bravo está el Atlántico y una playa kilómetrica, vacía en toda su extensión. Unos se sientan, otros intentan fotografiar la inmensidad de la playa desnuda, el horizonte de cúmulonimbos, los más corren hacia los olas templadas.

Tras regresar a una isleta del delta y cenar plácidamente desembarca un grupo de franceses sonrosados de un barco versión 2.0 de crucero lunamielero y se instalan en una terraza donde disfrutar de su cena y de un grupo local de forró ¾música tradicional de la zona¾ que el guía les ha contratado. Nuestro grupo, con cervezas y capirinhas en la mano se acerca tímidamente a asistir como de tapadillo a un espectáculo pagado por los franceses.
El cantante, un hombre mayor con manos de campesino, desgrana larguísimas canciones de ritmo repetitivo, que suenan mitad rap, mitad reggae, mitad salmodia sufí. Al cabo de una hora larga de actuación, tres canciones salpicadas de dos breves pausas, los músicos se retiran seguidos al poco tiempo por los franceses. No podría averiguarse cuál de los tres grupos está más cansado. Suben al crucerito, las luces se van apagando mientras se alejan y se encienden las estrellas, y al quejido armónico y un punto hipnótico del forró le sucede un silencio áspero sólo roto por alguna inevitable rana y el zumbido de los mosquitos.

El sol se levanta despacio sobre el delta iluminando una bahía en marea baja, salpicada de pequeñas embarcaciones, diríase que diseñadas más para protegerse del sol que para disfrutar el paisaje. El capitán del tuc tuc que nos llevó ayer –barbado, moreno, de mediana edad y auxiliado por un grumete con trazas de ser su hijo-, saluda con la mano mientras apareja unos cabos.
El pasaje va acomodándose, cada uno de acuerdo a su ánimo: sentados bajo la techumbre de la cubierta los mayores, tendidos sobre ella los más jóvenes. El lanchón avanza perezosamente por un dédalo de bifurcaciones de paredes verdosas mientras se pueden contar las revoluciones del motor, un poco asmático. El viajero recordará un viaje del mismo porte en el célebre vaporetto del Retiro hará ya demasiados años, mientras le cedían paso las carpas medio podridas del estanque y los gorriones jugaban a ser gaviotas persiguiendo una estela anoréxica para ganarse unas migas de patatas fritas.

El barco arriba a Tutoia, un pequeño pueblecito de pescadores, donde apenas hay tiempo de apurar unas cervezas garimpeiras. A continuación se abordan los todo terreno que atravesando una larga lengua de tierra por carretera de tierra y tras subir unas dunas monstruosas permiten ver el mar presentido tanto rato más allá del cauce del río. Nadie en el horizonte, apenas unas vaquitas ajenas, unos cayucos semi abandonados, un grupo de capoeira practicando al lado de unas cabañas de pescadores. Los Land Rover siguen pisando las olas asustando literalmente a pequeñas manadas de peces diminutos asentados en los riachuelos que nadan a saltitos camino del océano. En el horizonte, allá por África, llueve.
Las cabañas del hotelito Porto Buriti, de techo de hierro corrugado y porche coquetón, están situadas en un largo puntal de arena, Ponta do Caburé, entre el Atlántico y el río Preguiças, que alguien comenta que significa “indolente”. Y en efecto nada parece alterar y mucho menos conmover a su música callada.

Los mosquitos se aprovechan de la ausencia de ventiladores y mosquiteras mientras se ríen abiertamente de los pieles blancas y sus ridículas lociones, brebajes y ungüentos. Alguien reparte espirales de piretrinas, más a modo de incensario que de remedio contra los tigres do noite.
El Preguiças desemboca cinco kilómetros más adelante que se cubren caminando de madrugada aliviando los picores de las pantorrillas con el agua salada, a la vez que se contempla, en esos silencios que propician las madrugadas, el mar grisáceo y las tormentas lejanas. Todas las parejas caminan cogidas de la mano.

A la tarde, el río, ahora remontado en lancha rápida fuera borda, conduce a los pequeños Lençois, el vestíbulo del Parque Nacional de los Lençois Maranhenses, Si lo visto hasta ahora parecían dunas enormes, la que se levanta ante el viajero las empequeñece. Debe medir cerca de treinta metros de altura y como en las pirámides mayas más escarpadas, han tendido una cuerda para ayudar en la escalada, que se realiza hundiendo trabajosamente los pies descalzos hasta media pierna en la arena extrañamente fría.

El grupo camina solitario sobre la cuerda de varias dunas hasta descubrir pequeños lagos en las hondonadas que albergan laguitos de temperatura volcánica. Al fondo se dibujan pequeñas manadas de caballos de piernas finas y la línea azul del Atlántico. Unos se bañan, otros se sientan en el borde de las dunas, otros se tiran por las laderas, los menos se echan las cámaras a la cara tratando de buscar curvas que enmarquen el horizonte infinito y alguna sombra que suavice la luz de albero sevillano.

Pero sólo se entiende el nombre del parque cuando se sobrevuela en avioneta. Entonces, sí, los Lençois parecen eso, sábanas blancas tendidas al sol. Como si se hubieran extendido al cegador sol de la mañana con desgana, sobre una vegetación de ribera que les levanta jorobas y les dibuja arrugas bajo el tejido blanquísimo. Hay lagos de todos los colores -del ocre al turquesa, del ópalo al de la leche turbia recién ordeñada- , y si se entornan los ojos el paisaje podría recordar al que vislumbraba el paciente inglés bajo su avioneta.

Luego, durante lo que queda del día, se recorrerán en Toyota, ahora sí tecnología japonesa para vadear pozas y ríos cuyas aguas trepan por el capó. Los conductores eligen -uno puede llegar a sospechar que al azar-, diminutas trochas donde las ramas golpean las ventanillas.
La primera parada es para visitar varias lagunas, Lagoa do Peixe, Lagoa da Esperanza, Lagoa Bonita hasta llegar a la más hermosa, Lagoa Azul, un estanque de un intensísimo azul celeste repleta de pequeños pececillos. Han sido dos horas de baile descoyuntador sobre los asientos posteriores del coche instalados en la tina, y un largo paseo con los pies descalzos hundiéndose en las arenas. Al llegar, un hombre mayor que porta un maletín negro sospechosísimo del que no se ha separado ni un instante en todo el viaje, maldice por lo bajo. “El que quiera azul celeste, que le cueste” masculla entre dientes el viajero recordando las chanzas de los mexicanos al llegar a los frescos de Bonampak, cerca del río Usumacinta, en medio de la selva chiapaneca.

De nuevo en los coches y tras otra hora de recorrido los Toyota llegan a un calvero. Bajan los conductores enarbolando su eterna sonrisa de cangaceiros, esos que robaban a los ricos para dárselo a los sintierra, a los auténticos desterrados del nordeste brasileño, y señalan con retranca un charco herrumbroso que hay que vadear y una duna a la que hay que subir trepando por una cuerda. Son las cuatro de la tarde y el sol aprieta.

Arriba los Lençois despliegan todo su poderío bajo las nubes. Una enorme extensión de dunas gigantes, algunas con lagos azulados y verdosos en su regazo, abarca hasta donde llega la vista. Las nubes de evolución juegan con las luces y las sombras. Al cabo de un tiempo el pequeño grupo se ha dispersado por el amplísimo horizonte. La luz cambiante y ahora ya un poco oblicua, la disposición de las diminutas figuras sobre el paisaje y la enorme extensión desierta recuerda extrañamente la sensación de soledad y recogimiento que producen los cuadros de Hopper.
El grupo vuelve sobre sus pasos, baja la duna, vadea el charco cobrizo y sube a los coches que emprenden el regreso por un atajo hacia el pueblo de Barreirinhas.

Desde allí y en cuatro horas de autobús en una carretera plagada de animales felices, indiferentes al asfalto, se llega a Sao Luis, una ciudad mestiza entre los mestizos, con influencias francesas, holandesas, africanas y antillanas que huele a la Habana. Sus casas desconchadas, las mujeronas sentadas en mecedoras a las puertas de sus casas, los palacetes modernistas invadidos por la melancolía y las hierbas, el ambiente pegadizo, los furiosos chaparrones, algunos pájaros cansados -¡por fin!-, mezcla de gallinazo y zopilote, y el reggae mezclado, no agitado, de Cidade Negra y del bahiano Edson Gomez que suenan por doquier en el calor de la noche, acaban contagiando su alegría a los viajeros que se duchan ávidamente para ganar la calle.
El vuelo del día siguiente a Fortaleça cierra el círculo de un viaje redondo.
Marzo 2006

viernes, 2 de enero de 2009

Sáhara en el corazón

Cuando el viajero sale del avión en Tinduf, al extremo suroeste de Argelia, no nota como temía el bofetón cálido del aire del desierto, ni la sensación aplastante de los 45 grados que le habían prometido. Es de noche y hay en el aire, eso sí, un ronroneo callado de motor todo terreno, un olor sutil a diesel y una sequedad irritante.

Al cabo de unos pocos kilómetros de asfalto uno de los treinta Toyota que han venido a recoger a los poco más de 150 personas que volaban en el charter fletado por las diversas asociaciones de solidaridad españolas, emboca una pista de tierra y vadea el primer bache. Antonio, un veterano lo suficientemente loco como para haber corrido un maratón en estas tierras y con más viajes a los Campamentos a sus espaldas, advierte:
-El primero de una larga serie. Ahora son un par de kilómetros. Mañana unas nueve horas hasta Tifarity.
-¿Así todo el rato?
-No, a noventa por hora.

No es el único que repite. De las haimas y las casas de adobe empiezan a salir sobre todo mujeres y niños que saludan, abrazan y saltan alrededor de los veteranos pronunciando sus nombres con la vehemencia y la precipitación que presta el hassaniya, la versión local del árabe.
Huele a arena y a cabra y las estrellas filmadas en las películas sobre el desierto se esconden burlonas tras un velo de niebla arenosa mientras las mujeres lucen otros velos de vivísimos colores, la melfah, versión entre pop y funky de los de otras latitudes. Pero aquí los lucen con orgullosa coquetería, sin esconderse tras ellos.

El grupo que viajaba en el coche se dirige a una construcción de adobe en cuyo patio se levanta una haima de lona verde y se extienden un montón de esterillas y alfombras rojas, de esas que venden los ambulantes por los bares de Lavapiés. Todos rechazamos la cena tras dos imaginativos refrigerios servidos por Air Algerie, generosamente regados por Mirinda de manzana a temperatura ambiente. La hija de nuestra anfitriona, la directora de las escuelas de los Campamentos 27 de Febrero, empieza a escanciar el té de vaso en vaso y vuelta a la tetera. Al cabo nos ofrece un brebaje muy azucarado.
-Dulce como el amor -dice el veterano y no puedo evitar volverme a mirarle.
Bebemos, devolvemos los vasos y siguen las manipulaciones. Luego, otro vaso.
-Suave como la vida.
Y tras las mismas maniobras añadiendo sólo agua a las hierbas, el tercero.
-Amargo como la muerte.
Las tres mujeres –las dos saharauis y la visitante- charlan y se dejan fusilar por los flashes de nuestras cámaras. Al primer elogio sobre sus vestidos las saharauis se levantan, entran y salen al instante anudando una melfah, de un azul tan celeste que hace daño, en torno a los ojos también azules de Carmen.


Me dejo caer sobre las mantas y las alfombras y el cojín que alguien ha colocado estratégicamente. La arena suda su calor, el camello bordado en la almohada sonríe, la hija reza sus oraciones, la madre retira la mesita del té.

Hacia el suroeste
Tras la reiterativa llamada del muecín a la oración, los Toyota entonan la suya. Desayunamos lo que nos han preparado y salimos corriendo hacia la explanada de tierra, donde se despereza el ganado, los niños enarbolan tremendas sonrisas luciendo sus camisetas del Betis, Athletic, Valencia, Osasuna y... de Zidane, y nos esperan los conductores, acompañantes y dirigentes del Frente Polisario.
-Como sabéis vamos a ir al Muro en este 32 aniversario del comienzo de nuestra lucha. Luego, pasaremos a territorio liberado hasta llegar a Birlehlou, comeremos y descansaremos en lo más duro del mediodía para continuaremos hasta Tifarity.

Al abandonar el asfalto y salvar los últimos edificios de los alrededores de Tinduf, descubrimos un mar de contenedores marítimos en medio de la arena.
-No vale la pena llevarlos de vuelta, -observa Mohamed Sidati, ministro representante del Frente Polisario ante la Unión Europea que hoy nos hace de guía, mientras enciende un puro dentro del atestado vehículo y se coloca en torno a la cabeza el pañuelo negro, el fam, que protege del sol y la arena, y como los rebozos mexicanos espero que también de las penas y olvido.
Pasan tres horas atravesando la Hamada –el desierto más duro del mundo- circulando los vehículos algunos trechos de 10 en fondo y levantando un mar de polvo. A veces una acacia desafía el yunque del sol y un lagarto yergue la cabeza mostrando su eterno escepticismo. Pruebo a quitarme las gafas de sol durante un instante. Corto, muy corto.

Llegamos hasta el Muro, nos advierten contra las minas -manteneros siempre detrás de nosotros y no sobrepaséis la pancarta-, de grapa, saltarinas, de racimo, de metralla... generosamente regadas por la zona, y se despliegan las banderas, todas las banderas imaginables, aunque son mayoría las de la República Árabe Saharaui Democrática. A lo lejos, tras un muro fortificado se vislumbran las figuras de los soldados marroquíes y los cañones de los antitanques y las ametralladoras pesadas. Manuel, el cámara de TVE, corre por la zona filmando cámara al hombro y Frank Sevilla, el mítico corresponsal de RNE, al que tantas veces hemos oído esbozar una sonrisa por la radio en la peor de las situaciones, planta su micrófono amarillo ante una mujer vestida toda de negro.



-Si los marroquíes fueran comunistas ustedes llamarían a eso –dice la mujer de negro señalando la cadena de montículos fortificados- el Telón de Arena.
Volvemos a subir a los coches mientras el sol castiga casi desde la vertical y continuamos camino hasta Birlehlou. El agua mineral de las botellas dejadas en los coches debe rozar los 40 grados. Más que la de una ducha recuerdo, y al instante me arrepiento porque también se me ha aparecido como un perverso espejismo la imagen de una cerveza.

Dentro del todo terreno temblamos como azogados agarrados al techo, al asiento, al filo de las ventanillas. Mohamed sigue fumando su puro. Uno de los vascos anda un poco pálido y una chica se sujeta discretamente el pecho para que no se mueva como una bola de mercurio en la mano de un afiebrado. La imagen de los vehículos avanzando entre las piedras a toda velocidad con las banderas desplegadas es definitivamente hermosa. Mientras se suceden algunas acacias retorcidas y empolvadas y el horizonte dibuja una línea vacilante al que nunca llegaremos, pienso en esta sociedad árabe, laica, moderna y democrática, amante de la paz, que podría constituir una sólida alternativa al fundamentalismo y cuyo escaso número y las ruines razones geoestratégicas condenan al olvido y exilio. No parece que en esta tierra el talante y los derechos reconocidos por Naciones Unidas valgan contra la riqueza mineral del desierto y las amenazas que llegan de Marruecos.

Este pueblo apenas supera las doscientas mil personas que viven en lo inhabitable, privados de su mar, sufriendo el exilio lejos de las melancólicas palmeras de su tierra amada, con familias divididas y en las condiciones más duras. Son apenas doscientas mil personas las que nos mienten promesas de amor con el té, y nos enseñan orgullosos un desierto que al viajero se le antoja más rencoroso que un camello.

Mohamed, el ministro responsable ante la Unión Europea, se vuelve como si me hubiera leído el pensamiento, sonríe, abre las manos mientras encoge los hombros y me echa el humo del puro a la vez que afirma con el optimismo salvaje de este pueblo:
-También escribo poesía. Luego te enseño unos versos.


Los fuertes
Birlehlou era un viejo fuerte de las fuerzas españolas y hoy alberga un cuartel, una escuela, un hospital, todo del EPLS, el ejército saharaui. Entramos en grupos de diez en unas habitaciones frescas, absolutamente vacías y cubiertas de alfombras donde esperaremos a que el sol se apiade de nosotros para continuar viaje. Nos refrescamos la cara en una lavabito, tomamos té, -dulce, suave y amargo alternativamente- dormitamos, comemos pinchos morunos de carne de camello que nos han hecho junto con unas minúsculas porciones de tortilla de patatas. Un gracioso de detrás de la fila que recoge el rancho pide dos cañas a gritos.


















A las seis subimos de nuevo a los Toyota que esperan pastando la arena a 45º y con un tres por ciento de humedad. Casi tres horas después llegamos a Tifarity, cabecera del territorio que los saharauis han recuperado a Marruecos. Allí presentará cartas credenciales el embajador de Sudáfrica, 67 país que reconoce a la RASD, comeremos con el rais, Mohamed Abdelaziz, y asistiremos a la parada militar que conmemora el 32 aniversario de una lucha contra la ocupación ilegal marroquí, que pretende restablecer la legalidad internacional haciendo cumplir las resoluciones de Naciones Unidas y el Tribunal de la Haya.

Al caer la noche los músicos que viajan desde la Península afinan sus instrumentos y montan el equipo de sonido para brindar el concierto prometido pero el viajero, caballo viejo, se tira sobre las alfombras de la habitación que comparte el con el equipo de TVE del programa Reporteros y se queda instantáneamente dormido.

Por la mañana volvemos a subir a los coches hasta llegar a la explanada donde se va a efectuar la parada militar. El paisaje ha cambiado: hay más rocas y de mayor tamaño y unos tímidos cerros cercan la zona. Corremos hacia una tribuna techada de hierro corrugado frente a la cual en un perfecto cuadrilátero forman soldados pulcramente uniformados, blindados ligeros, antiaéreos sobre vehículos, cañones sin retroceso, ametralladoras pesadas y obuses de diversos calibres.

En el discurso del Presidente Abdelaziz se pide el respeto a la legalidad, al Plan de Paz conocido con el nombre del Comisario de Naciones Unidas James Baker; se hace un llamamiento a que la ONU y su Consejo de Seguridad asuman sus responsabilidades, a que la comunidad internacional haga cumplir los compromisos adoptados y se celebre por fin el referéndum de autodeterminación. Los soldados siguen en posición de firmes bajo el sol ardiente de las 11 de la mañana. El viajero sube a un niño sobre sus hombros y sale al sol. El niño no deja de hablar en su lengua mientras juega con un muñeco de goma ajeno al hierro y al polvo.


Esta vez el regreso se realiza de tirón hasta los Campamentos. Nueve horas tras la estela del vehículo que nos antecede. Sólo se para una vez para ver el atardecer y hacer un té bajo las acacias enanas.
Nuestra familia de acogida ha preparado cuscús, ensalada, fruta y té para la llegada. Me intento quitar la arena de las pestañas, del bigote, meterme los dedos entre el pelo. Dormimos 30 minutos hasta que nos despiertan nuestros anfitriones avisándonos que los coches están llevando a los visitantes al aeropuerto. Son las tres de la mañana.

La madre, la hija y el primo de nueve años que dormitaban encima de la arena junto a nosotros, nos acompañan hasta el último vehículo que nos espera pacientemente y nos despiden con grandes sonrisas rozando nuestras manos con las suyas teñidas de henna. Las mujeres se besan.
-¡Coño!, parecen felices –dice uno de nosotros ya dentro del coche.
-Sí ,-repito- parecen felices. Y nosotros, chaval: mañana cerveza.

Mayo de 2005

Nunca podemos volver al mismo sitio. Incluso en el caso de que ese lugar no se haya vuelto irreconocible –cosa cada vez más difícil-, el paso del tiempo nos ha hecho irreconocibles a nosotros.

Eduardo Jordá, Lugares que no cambian