martes, 8 de marzo de 2011

Es África, bobo

Puerto de Zanzíbar

Un noviembre en Zimbabwe y Zanzíbar


“Perdona un momento, estoy haciendo una autopsia. Te llamo en cinco minutos. ¿En qué hotel dices que estás? Chico, eso es un burdel. Como te las gastas. Te llamo”.

El viajero iba despegando el auricular del oído según su interlocutor le contaba desde el otro lado del hilo lo que se traía entre manos. Vaya sí sabía que estaba en un burdel. O mejor dicho, en un hotel de parejas, aunque las parejas duraran unidas media hora. Se lo habían recomendado sus amigos del Comité Anti Apartheid de Madrid una noche en que Johnny Clerk y Sabuka actuaban en la Ciudad Deportiva del Real Madrid, que en paz descanse.

“¿Vas a Zimbabwe? Ve a ver a Manuel, trabaja en un hospital de Bulawayo. Y le llevas unos libros y otras cosillas que te daremos”, le dijeron mientras intentaban vender unas camisetas espantosas de Mandela, color amarillo fosforito. Uno era profesor en la Universidad de Madrid y el otro, hermano de un famoso diputado vitalicio y eterno de las huestes del socialismo real, el PSOE, se apuntaba a todas las causas perdidas de África, es decir, a la totalidad del continente.

“Estaba por allí cuando todavía era Rodesia y luego se enroló en la guerrilla como médico. Que te cuente la vez que tuvo que cruzar el Zambezeee a nado”, le contaron entre risas al unísono mientras Johnny se descoyuntaba en el escenario. La pareja miraba de soslayo. “Que se joda. Con que el zulú blanco… Pues que baile como ellos o que se parta un remo”.
Escolares en Zanzíbar

Unos días más tarde el viajero cogió un avión de British Airways y tras unas 25 horas de vuelo se plantó en Harare, una ciudad hermosa, con todas las jacarandas en flor, mucho más cara de lo que se había imaginado, con un solo museo y un montón de locales donde bailar Chimurenga y beber cerveza sin parar mientras la cartera aflojaba la cintura. Comió una de las mejores carnes que recuerda junto con un puré de mijo que le hizo vomitar dos horas más tarde el jugoso lomo de buey; visitó el mercado de Musika donde parecía que sólo vendían afrodisiacos para blancos con un aspecto lamentable –el blanco y el afrodisiaco─, e hizo los preparativos convenientes para visitar las cataratas, algún parque, el hospital de su futuro amigo el forense de Bulawayo y luego subir a un avión hasta Dar es Salaam y visitar algunos parques si el dinero le alcanzaba.

Fue la primera vez que experimentó la fotografía inversa, es decir la que volvía locos a los zimbabuenses, que no cejaban en pedirle fotografiarse junto a él, e incluso sin él, en cualquier circunstancia, también de noche cerrada y eso que su cámara no tenía flash. El viajero aprendió a emitir un sonido que imitaba bastante verosímilmente el que producía el obturador de la máquina y ahorrarse película y revelado posterior. Le daba una mezcla de compasión y vergüenza devolver fotos reveladas a su proveedor, un yonkie regenerado a medias que llevaba a la ruina una tienda de fotografía en el barrio de Salamanca. La clientela que llevaba a positivar las fotos de la niña en su primera comunión salía despavorida cuando Diego les mostraba su mejor sonrisa, medio podrida por los estragos del caballo de ínfima calidad que consumía en su oriundo barrio de San Blas.

Tras pocos y costosos días en la capital se subió a un avión y tras algunas escalas, algunas previstas en el plan de vuelo y otras sospechaba que no, el aparato tomó tierra sobre una llanura calcinada que no hacía presagiar en absoluto la proximidad de las catataras Victoria, o Mosi ao Tunya, el humo que truena, como les llamaban los indígenas antes de que a Livinsgstone, un misionero congregacionista de mala catadura, se le ocurriera la original idea de bautizarlas con el nombre de su casta soberana.
El caso es que se bajó poca gente del avión y el viajero se quedó esperando un autobús que no tenía traza alguna de aparecer. Al cabo de un cierto tiempo, se acercó a un taxi que un día fue amarillo, donde dormitaba un africano enorme, que se mostró encantado de llevarle al poblado más próximo a las cataratas.

“Es una suerte, hermano; para ambos. No llegan muchos turistas ahora a las cataratas y no es normal que pare mi coche en el aeropuerto, pero había llevado a un primo que tenía que volar a Harare y me ha ganado el sueño.”

El viajero se felicitó por su elección de una temporada exenta de los fatigosos turistas. Buen mes noviembre, se dijo para sus adentros.

“No hay agua, casi. El río baja muy mermado en esta época y la catarata deja mucho que desear. No viene casi nadie, algún pringao como tú. Eso sí, los hoteles ofrecen descuentos muy atractivos”, dijo mirando despectivamente la mochila depositada en el asiento de atrás. Si la traducción por pringao del término empleado por el taxista, dude, podría plantear algunas dudas a un purista, su entonación y, sobre todo, la mirada del taxista sobre su mochila, no dejaba mucho margen de error.

Acabó instalado en una cabaña de madera de un camping totalmente vacío que disponía de una cocina, un lavabo, una alcachofa tísica de donde brotaba un hilillo de agua dos horas al día, y una letrina a una distancia razonable. Por todo utensilio de cocina había una sartén que brillaba como un espejo y en la que se pegaba hasta el aceite de cacahuete antes de echar en ella cualquier otra cosa.
El viajero estuvo vagabundeando por los alrededores de la –efectivamente- reseca catarata, hasta que descubrió un cartel que advertía de los cocodrilos que solían pasear por la zona. Los cocodrilos caminan mucho, le había dicho después el vigilante del camping a su atónito huésped. Salen a buscar hembra y a veces recorren hasta 25 kilómetros por tierra. Y sí, son peligrosos. “Eso es lo que nos diferencia, le respondió el viajero. Yo suelo recorrer mucha más distancia por los mismos motivos, pero sin perder nunca la sonrisa”. Desde entonces, el muchacho se reía cada vez que lo veía, saludándole y señalándole con el dedo: “Hi, Cocodrile”.



Como hasta una semana más tarde no tenía sitio reservado en el Parque Nacional Hwange, no podía pasear por la zona de los cocodrilos, el cercano y famoso hotel Victoria tenía las cervezas a un precio astronómico y las cataratas, aunque impresionantes, le producían una sensación de frustración al pensar en su segura grandiosidad en temporada de lluvias, se apuntó a una excursión ornitológica en lancha por el Zambezee. Le habían garantizado que salía porque ya tenían grupo mínimo garantizado, una pareja de chilenos bastante simpáticos que trabajan en la ONU y conocían un sinfín de países del mundo.

“Aquí hay mucha serpiente, cierto, pero nada como Malasia. Se nos tiraban desde los árboles. Tremendo señor, hágame caso”, decía el hombre, de pelo blanco, hablar cadencioso, y ojos azules algo velados por la edad. “Mi primera mujer murió de una picadura. Estábamos lejos del hospital y no pudieron administrarle el contraveneno a tiempo. Por fortuna, aquí en los hoteles no hay cuidado, pero cuidadito por estos trojes”.

La excursión ornitológicamente hablando fue un fracaso, pero el lanchón atracó en una pequeña isla del río y entre los exiguos excursionistas se comieron el refrigerio pensado para el triple de personas y dieron buena cuenta de seis botellas de vino blanco autóctono que entraba fácil pero brindaba una resaca colosal. El viajero se pasó toda la noche vomitando entre el césped cercano a su cabaña, no sin antes sacudir preventivamente con un palo las ramas cercanas en busca de ofidios entre arcada y arcada.

El día indicado agarró un autobús que le llevaría al Parque Nacional Hwangue, famoso por sus elefantes. El autobús le dejó a cinco kilómetros del camping principal con el sol en lo más alto. Contra su costumbre al llegar pidió una botella de agua mineral de litro y medio y se la bebió casi de un golpe.

Sus escasos recursos le daban para un safari en coche descubierto y otro a pie. Compartió vehículo con unas noruegas blanquísimas pero muy bien pertrechadas que incluso le cedieron un asombroso sombrero con una estructura plegable antes de que la insolación lo tumbara en el fondo del vehículo. A cambio él les prestaba unos prismáticos viejos que apenas facilitaban la visión. Las nórdicas acabaron rechazando educadamente el aparato. Vieron y casi tropezaron con un montón de elefantes negros como el carbón, incluso una familia con su pequeño elefantito. El viajero descubrió la emoción genuina de ver a los animales en libertad y en su hábitat, felices, despreocupados y absortos.
Pero fue mucho mejor el safari a pie. Al reducido grupo le acompañaba un ranger de sonrisa desproporcionada y rifle a todas luces inservible, joven y muy atractivo con su uniforme kaki de pantalón corto y su sombrero de ala ancha sacado de una película colonialista protagonizada por Clark Gable. Les enseñó las jirafas corriendo desconyuntadamente por la sabana, un rinoceronte lejano, las mangostas vigilando de pie muy aplicadamente sobre la llanada, un montón de cérvidos, y rastros, huellas y senderos secretos. Pero lo mejor fueron los consejos.

“Nunca se les ocurra, my brothers and sisters, pisar descalzos una bosta de elefante. Nunca, nunca”, subrayaba. “Los elefantes no tienen estómago propiamente dicho que las digiera y las enormes espinas de los baobabs quedan enteras y están muy afiladas”. El viajero le prometió no pisar nunca un cagajón de elefante sin ir adecuadamente calzado, lo que hizo cabecear aprobatoriamente varias veces al encantador guía.

La siguiente etapa era Bulawayo, donde el forense, amigo de sus amigos, vivía hacía un montón de años. Cuando se reunió con el viajero en un cafetín donde servían cerveza, le tendió una mano que el viajero estrechó con cierta renuencia y le preguntó con sorna qué tal había pasado la noche.
“Horrible. No he pegado ojo, música a todo gas, puertas abriéndose y cerrándose toda la noche, jadeos y gemidos en las habitaciones vecinas; hasta creo que han estado tocando los bongos o algo así”.

Manuel se retorcía de risa. “Además, domingo noche. Van casi todas las parejas con algo de dinero que no tienen casa propia y luego está el comercio carnal propiamente dicho. Pero no hay mal rollo. Por cierto, ¿estarás tomando el antipalúdico, verdad?”.

“Pues no, me sienta como un tiro. Además, hay que creer en la buena estrella”.
Manuel se levantó, pagó las cervezas, ganó la calle llevando del brazo a su visitante y abrió la puerta de un taxi aparcado. Le dio una dirección y llegaron a una enorme farmacia tipo drugstore pegada al hospital donde trabajaba. Entró, saludó efusivamente al mancebo, pidió un medicamento, señaló con un ademán al viajero, ambos se rieron un poco y pagó. Luego se lo tiró al vuelo e indicó el hospital cercano. “Vamos a mi apartamento y nos tomamos unos whiskeys. Si quieres te enseño la morgue, aunque mejor no. Ahora en 1990 el 30% de los muertos que me traen tienen VIH. En cuanto me doy cuenta ni los abro. Es una pandemia. No sabemos qué hacer para pararla. Por cierto, otro buen porcentaje de cadáveres lo son debido a la malaria cerebral. Los dos últimos españoles que pasaron por aquí la acabaron cogiendo. Uno murió en Madrid a su vuelta. Esta noche te tomas la primera pastilla, te siente como un tiro o como un guante.”

Bebieron whiskey, el visitante le entregó los regalos que le hacían llegar sus compañeros del Comité Nelson Mandela de Madrid, charlaron hasta la noche y al viajero se le olvidó, debido al alcohol y al olor ominoso que se le antojaba emitía la cercana morgue, preguntarle por aquella ocasión en que cruzó el Zambezee a nado.

Camino de su hotel se le ocurrió tomarse la última cerveza en un local del que salía una música alegre y bailona que luego averiguaría era de Thomas Mapfumo. Nada más cruzar el umbral treinta pares de ojos se volvieron hacia él. En efecto, era el único blanco. Y sólo alcanzaba a distinguir el blanco de los ojos de los parroquianos a los que bañaba una luz azulada. Ya no podía volverse atrás. Pidió una cerveza e hizo como si siguiera despreocupadamente el ritmo pegajoso que Thomas imprimía a sus canciones. Inútil. Le entró el más borracho de los asistentes, incluido el viajero:
“Hola macho. ¿De dónde eres?”

Fiel a su costumbre cuando estaba entre borrachuzos que no hablaban castellano, se dirigió a su interlocutor con toda la naturalidad que le brindaban los whiskeys del apartamento de su amigo, vecino a la morgue, en perfecto castellano.

“Buenas noches, caballero. Soy de Palencia, un sitio con mucha marcha presidida por una estatua maravillosa del Sagrado Corazón. Claro que te corta un poco el rollo, pero Palencia es lo que tiene. Muchos contrastes…”

El parroquiano se volvió al grupo expectante y les dijo en inglés:
“No entiendo lo que me dice el tío este. Debe ser Xhona”.
“Justo”. Y apurando de un trago la cerveza, saludó, se encaminó hacia la puerta y salió aparentando parsimonia a la vez que sentía una fina corriente de aire alborotándole los pelillos de la nuca.
Al día siguiente estaba de vuelta en Harare. Tenía pendiente una cita con el Viceministro de Información, que un amigo de la embajada de Nicaragua en Zimbabwe, le había dicho que era español.

Le recibió en su despacho un hombre que aparentaba sus buenos cincuenta, tocado por una barba fina y grisácea y unas manos bien cuidadas que movía con elegancia. Llevaba traje y corbata y tras su mesa colgaba una fotografía gigante del presidente, Robert Mugabe, con su bigotito, retratado con gesto adusto antes de convertirse en un sátrapa. La entrevista fue cordial aunque algo envarada. Le explicó que era el segundo del ministerio, que coordinaba la política informativa del gobierno y la importancia del mismo. Luego le relató someramente que estaba de misionero en la Rodesia de Ian Smith cuando la revuelta contra el régimen de apartheid se tornó más virulenta. Al cabo de un rato, miró sin disimulo su reloj. El viajero empezó a excusarse.

“No, no. ¿Quiere usted tomar un zumo en mi casa? Le presentaré a mi esposa. También es española. De Burgos”.
Una invitación así no se podía rechazar a pesar de la amenaza de la bebida. Bajaron al coche del viceministro, un sencillo jeep sin chófer que en menos de media hora les llevó a las afueras de Harare, y tomando una desviación por una carretera de tierra, acabaron en una casita baja rodeada de un jardín florecido. En efecto, una mujer con aspecto inequívoco de ser de Burgos y también de haber vestido los hábitos, salió a recibirles. A su marido le dio dos besos en la mejilla, al viajero le tendió una mano recatada.

Entraron en la casa, se sirvieron unos zumos de fruta desconocida y se sentaron en un tresillo a cuadros.
El vice se mostró más distendido y menos formal que en su despacho.
“¿Estarás tomando la quinina, verdad?”
“Sí, mi amigo de Bulawayo insistió en ello con verdadera firmeza”.
“Ah, Manuel. ¡Menuda pieza está hecho!”.
Escultura Shona


El viajero no rechistó. Luego escuchó sin querer demostrar demasiado asombro la historia de un alto miembro del clero español que se enamora de África, de su lucha por la emancipación y de una monja de Burgos. Por este orden. Ambos renunciaron a los hábitos. Ella trabajaba en un hospital de la capital y él había llegado todo lo lejos que le permitía su piel blanca. A viceministro. La charla siguió casi exclusivamente por parte del antiguo clérigo, que no dejaba meter baza ni a su invitado ni a su mujer. Al cabo de una media hora de disertar sobre la política del ZANU, el partido de Mugabe, ya unificado casi por decreto con el de su enconado rival, Josua Nkomo, fundador del ZAPU, dio la charla por concluida.

“Se hace tarde y estarás cansado. Le digo a Robert que te lleve de vuelta a tu hotel. Ha sido un placer hablar contigo y recordar viejos tiempos. Pero no volveré a España. Mis huesos reposarán en esta tierra, bajo una jacaranda del jardín. La jerarquía española no entiende nada o no quiere entender. Peor para ellos. Se creen que una misión sólo consiste en velar por las almas y los cuerpos. También hay que velar por las mentes. Jesús abanderó la lucha por la libertad”. Se puso de pie y le tendió la mano. “Adiós, buen viaje y buena suerte, muchacho.” La última palabra la pronunció casi con cariño.
Al día siguiente cogió un avión de Air Tanzania a la capital del país. El avión se caía a trozos, casi literalmente, pero las azafatas tanzanas eran unas mujeres hermosísimas, tocadas por una sonrisa que no despegaban de la cara sin que ese gesto se hiciera tan artificial como cuando lo adoptaban los occidentales, sobre todo los presentadores de televisión.

Dar es Salaam significa en swahili “remanso de paz” y era allí, en el aeropuerto, donde tenía que negociar un billete a la cercana y, entonces, mítica Zanzibar, hoy carne de resort para concluir con éxito y románticas veladas los viajes de los lunamieleros viendo animalitos en los parques del continente. Ya había echado cuentas de que el dinero no le llegaba para visitar ningún parque del continente y había optado por pasar los últimos días en Zanzibar. El billete le costó los dólares que figuraban en la tarifa y algunos más en concepto de lubricante para el empleado de la línea aérea que los despachaba.

Aun así no había plaza hasta para tres días más tarde, que pasó comiendo en un restaurante indio que conseguía un nivel de oscuridad en el comedor que hacía imposible distinguir la comida, bebiendo cerveza y tragando polvo en una terraza de la avenida de tierra que atravesaba la ciudad contemplando curioso a sus habitantes, y cenando en la terraza superior de un hotel que tenía unas bonitas vistas del puerto y el mar pero un dudoso gusto por la música, sólo occidental y como de ascensor, que salía de unos altavoces monstruosos.

Una tarde, harto del polvo y de la cerveza del bar, miró hacia la parada de taxis que había junto a su ya familiar terraza. Inmediatamente un taxista levantó una mano que le hacía un gesto invitándole a acercarse. El viajero le hizo caso, se acercó, le preguntó si conocía un museo que estaba a unos cuantos kilómetros del centro y cuánto podría salirle la carrera ida y vuelta.

El conductor afirmó varias veces, planteó una cifra exagerada, la rebajó consecutivamente dos veces sin que su pasajero dijera palabra, le empujó dentro, cerró la portezuela y sin dejar de sonreír pegó dos patadas al acelerador y giró la llave de contacto. Tras hora y media de pelear con el tráfico local, sobre todo de tracción animal, llegaron a una finca donde se levantaba una enorme cabaña circular de palos, cubierta por una techumbre de paja. A un lado había un cartel que decía:

MUSEO ÉTNICO DE DAR ES SALAAM
CERRADO POR REFORMAS. VUELVA PRONTO.

“¿Sabías que estaba cerrado?”
“Sí, bwana, ─el viajero no dejó de advertir que le llamaba bwana, en realidad “señor” en swahili, lo que le hizo verdadera ilusión, sin asomo de vergüenza colonial─, pero le veía todo el día ahí aburrido bebiendo cerveza, que pensé que le apetecería dar un paseo. La verdad es que en Dar hay pocas cosas que enseñar a los turistas. Aquí al lado hay un bar que tienen una cerveza muy fría”.
Y allí se dirigieron a echar unos tragos antes de volver a la terraza de la capital a dejar pasar el tiempo hasta que el reloj marcara la hora de ir a cenar, intoxicándose con la música retrechera y empalagosa del hotel del puerto.

Desde el avión, que tardaba apenas quince minutos en cruzar el estrecho entre el continente y la isla principal del archipiélago de Zanzíbar, pudo distinguir un bloque de cemento en forma de cruz, de aspecto genuinamente estalinista, que sobresalía entre los cocoteros.

Mercado de Stone City


El taxi le dejó en un pequeño hotel local, de aspecto y decoración a caballo entre la cultura india, árabe y africana, muy sencillo, limpio y A-cogedor ─como decía marcando siempre los tiempos con retranca su amigo Javier el chiapaneco─, con alfombras tejidas de fibra de palma, una cama enorme cubierta con una colcha blanca de algodón y rematada por un cabecero de hierro forjado y un balcón que daba a una cegadora calle muy estrecha.

El corazón de Stone Town, Patrimonio de la Humanidad, conseguía siempre desorientarle entre sus vericuetos y callejuelas que revivían en el crepúsculo, tras el calor asfixiante del mediodía, y mostraban su piel multicultural de encrucijada de caminos y mercado de esclavos negros. Y casi siempre acababa en lo que fue un hotel, ya en aquellos días semiderruido, pero que conservaba una terraza a poniente sobre el mar que brindaba los atardeceres más hermosos que recuerda el viajero, mientras los dowhs regresaban a puerto lentamente a fuerza de sus grandes velas latinas. Un viejecillo traía samosas en un cubo que vendía inmediatamente entre la clientela variopinta y fidelísima que blandía como una bandera sus botellas de cervezas de litro, que se vendían frías al principio del ocaso, caldorras cuando ya caía la noche.

Allí se encontró con la panda de expatriados más excéntrica, fugitiva y nómada del cuerno de África. Un sargento retirado de la Legión Extranjera que regentaba una carnicería. Una pareja de italianos gay que estaban montando una pizzería aprovechando la excelente mozarella de búfalo local y que llamaban todas las tardes sin falta a su mama a gritos por la cabina situada al lado de la barra de la terraza. Y el amantísimo hijo invariablemente tenía los ojos arrasados en lágrimas cuando colgaba el auricular tras vociferar un rato largo con el telefonista y un rato mucho más corto con su madre. Un profesor de portugués nacido en Goa, que era una autoridad en mangos brasileños, indios y africanos. Una murciana joven también destacada como profesora, esta vez de español, en el Instituto de Lenguas Extranjeras de la isla, famoso en el mundo por enseñar el swahili más puro de África. Fue la joven murciana la que le explicó que el bloque de cemento se debía a la ayuda (¿ayuda?) de la República Democrática Alemana. Ella residía en el último piso. Le invitó a cenar una noche junto con la autoridad en mangos y le explicó que tenía que subir el agua a cubos por la escalera hasta el tercer piso del edificio para llegar al apartamento que estaba asignado a su cargo en el Instituto. “La primera semana fue horrible, aquí sola, subiendo el agua y la compra, entre cemento recalentado, pero Afonso ─y señalaba con el dedo al viejito de Goa, visiblemente paternal─ me ayudó y me animó mucho.”

A los tres días de ver atardeceres violetas y alimentarse de samosas de vegetales bañadas de un curry aromático cebado con las mejores especias de esta parte del mundo, el viajero se creyó en la obligación de visitar las playas del otro lado de la isla, de las que su guía australiana hablaba maravillas. Tuvo que contratar la estancia en la oficina de turismo de Stone Town y pagar por adelantado tres noches en lo que prometía ser una cabaña paradisiaca entre palmeras y corales. Un camión de redilas tardó tres horas justas en recorrer los apenas treinta kilómetros sorteando unos badenes que se tragaban a veces una rueda entera. El vehículo tenía que recoger y traer de vuelta a unos gringos jóvenes que habían cumplido su estancia en la playa.
La cabaña era en realidad una casa de cemento vacía cuyo único mobiliario eran tres tumbonas cuidadosamente protegidas por unos mosquiteros tan espesos que no dejaba pasar ni la luz. El viajero sospechó inmediatamente de la ayuda germánica.
El hotelero, un mestizo de piel amarillenta y mirar retorcido que cuidaba “el complejo”, le informó de que no había cerveza, que su mujer le haría diariamente la comida, ─pescado y arroz, recalcó─ y que nadar entre el coral podía ser peligroso.
Dowl

El viajero miró los mosquiteros con prevención, al hotelero con suspicacia y al mar con pena antes de recoger su mochila del suelo sin decir palabra, subirse al camión junto con los gringos y hacerle un gesto al conductor de que él también regresaba a Stone Town, a sus samosas y sus atardeceres, al viejito y su charla incontinente sobre Portugal y Goa, a la joven y encantadora murciana, a los gays enmadrados e incluso al carnicero Legionario que resultó ser un hombre educadísimo y muy culto, lo que excitó su imaginación sobre los oscuros motivos que podrían haberle llevado a alistarse en la Legión Extranjera.

Allí pasó los diez días que le quedaban, paseando por las callejuelas de piedra, visitando las plantaciones de especias, navegando en dowh hasta las islas cercanas, sin echar de menos las playas que años más tarde albergarían los Club Med y otros all inclusive, funestos inventos una humanidad descarriada, al igual que la silla eléctrica, la prensa rosa y la televisión.

Cuando el avión llegó a Londres eran las tres de la mañana y la azafata anunció que la temperatura exterior no pasaba de los tres grados bajo cero. El viajero salió tirando de la mochila a buscar el autobús que le llevaría a un hotel cercano, incluido en la tarifa, antes de volar al cabo de unas horas a Madrid y se encontró un conocido.

“Ahí va tú, ¿qué haces en Londres en camiseta con este frío? Pareces de Bilbao”.
“Hola, Txus, yo también me alegro de verte. Pero no, soy de Bulawayo. Del mismo centro de Bulawayo”.

©alfonso ormaetxea marzo 2011

miércoles, 2 de marzo de 2011

Carmen, la mayor de las Sister


Carmen, la mayor de las hermanas Sister


Carmen era bajita y gordita, al contrario que su hermana, pizpireta y muy delgada. Pero con el tiempo, las tornas y las carnes se cambiaron. Carmen adelgazó de tanto caminar por las trochas de las selvas de Guatemala. Siguió siendo bajita, claro, pero si se comparaba con las diminutas indígenas, casi todas ataviadas con sus huipiles de vivísimos colores, tenía una estatura muy aparente. Así, Carmen había cumplido su metamorfosis total con ánimo de cambiar de vida, de aspecto radicalmente sin pasar por el quirófano, y también radicalmente, de actividad. De modistilla de uniformes para el ejército que trabajaba en un local mal iluminado en una calle estrecha del barrio de Universidad de Madrid, a militante de la URNG, primero en la clandestinidad y luego en la lucha civil, siempre al borde de la semiclandestinidad que imponían los paramilitares y sus matanzas al tuntún dictadas por las Patrullas de Autodefensa primero y los asesinatos selectivos después, que han acabado por convertir ese paraíso prometido de la tierra de los Cuchumatanes y los quetzales en un pudridero de maras y narcos, que ahora llaman piadosamente “estado fallido”.

El viajero conoció a Carmen camino de la Embajada de los Estados Unidos para negociar a toda prisa un visado de entrada ya que el único vuelo disponible para ir ese verano a Nicaragua pasaba sí o sí por Nueva York y Atlanta. Iba del lado de su inevitable hermana que era de esas personas que tenía siempre una sonrisa en la cara, uno no sabía si porque era así de alegre y soñadora o porque sus rasgos le imponían el rictus. Con el tiempo comprobó que se reía hasta cuando rompía a llorar, afirmándole la segunda parte de su teoría. Sin embargo, Carmen, cuando sonreía, achinaba la vista lo que acentuaba su gesto de pícara. El viajero lo recuerda perfectamente de un baile en la ciudad de León, casi al borde del Pacífico. Carmen era la que más triunfaba, la que más educadísimas peticiones de baile recibía del tropel de muchachos, -“compas” y no tanto-, que no paraban de rondarla y hacerla bailar. Carmen volvía hacia el lugar donde el viajero le custodiaba los roncitos y los bolsos y decía “Ves, les gustan las gorditas”. Y ponía esos ojos pícaros, casi un par de rayas, sobre una sonrisa toda, toda, de pura y merecidísima satisfacción.

En la brigada, las hermanas Sister se habían quedado adecentando un instituto de enseñanza media en una ciudad pequeña, casi un pueblo grande de Nicaragua, mientras que los más revolucionados se habían marchado al puro campo ─sin agua, ni luz, y lo que era peor, sin cerveza─ a levantar una escuela. Lógicamente, su elección rebajaba la valoración de las hermanas en capacidad luchadora y de sacrificio por una Revolución que iba a acabar devorando a sus hijos, sobrinos y hasta primos de segundo grado. Y si nos los devoró del todo, les quitó sus buenos trozos de carne, sobre todo cercenando la parte del cerebro donde residen las emociones. Es como esas canciones de Fito que dicen que si no las bailas es que no tienes corazón. El viajero, claro, ni siquiera bailaba esas, acodado en las barras cuando las había, utílismo para guardar bolsos e impedimenta, un ser tan preciado como esa amiga solterona a su pesar, buena conductora y abstemia que invitaban todos a las juergas de fin de semana.


Carmen y su hermana volvieron a sus trabajos en Madrid, pero la mayor ya inoculada por el veneno de los bailes del trópico, del roncito tibio, de las manos morenas ciñéndola el talle, de un futuro al alcance de la mano, lejos de uniformes cutres de sargentos chusqueros.
Duró poco en Madrid, apenas un año, hasta que conoció a un joven guatemalteco al que no le costó mucho convencerla de que se fuera con él al agujero inmundo de la ciudad de Guatemala a compartir riesgo y lecho a partes iguales. Y se fue sin decir nada a sus amigos de siempre y a sus ex compañeros de brigada, algunos pastoreando las huestes del movimiento anti Otan, otros de vuelta de casi todo incluido de sí mismos, los menos enganchados a drogas políticas más duras en el Norte, en qué norte no importa.

A su “compa” como le llamaba dulcemente, le desaparecieron una tarde. La URNG en la que todavía militaba orgullosamente Rigo antes de convertirse en un juguete roto de los Premios Nobel y acabar penando por las esquinas su vientre yermo, ─algo que para una mujer maya es más que una maldición bíblica─, estaba pugnando por buscarse un sitio en el espacio político legal después del cese al fuego de la guerrilla cocido al calor de sus hermanos salvadoreños, y los paramilitares y los militares a secas no iban a permitir que la cosa saliera de balde. Había que aplicar una buena dosis de terror preventivo y desaparecer algunos miles más de indígenas, ladinos y criollos o blancos, ya fueran monjas gringas, peladitos de las aldeas en resistencia, o modistillas metomentodo si se ponían a tiro.

Carmen pasó su calvario particular paseando por todas las morgues de la capital y de los pueblos de los alrededores. Nunca encontró el cadáver o lo que quedara de él. Quizá lo hubieran tirado en alguno de los gigantescos vertederos que se levantaban contra el cielo pugnando con los volcanes que pespunteaban el skyline del valle. Al cabo de algunos meses de angustia, y ante el ominoso destino que le esperaría si se quedaba en ese lugar que no existe como diría Ives Montand en El Salario del Miedo, optó por enmontañarse. Así pasó algunos años caminando descalza por las trochas de montaña, metiendo el pie desnudo en los abismos del barro de la selva, esquivando controles en las zonas menos rurales, tiñéndose la cara para hacerla más oscura, y vistiendo con coquetería los huipiles de colores imposibles que ayudaba a rematar con su destreza de modista.
Al cabo de esos años tuvo que regresar a Madrid. Estaba seriamente enferma, afectada por una enfermedad tropical que en la diminuta sección de medicina escasamente tropical de un hospital madrileño no eran capaces de identificar, pero que le dijeron que probablemente se debía a haber andado descalza entre esos barros y humedades perpetuas.

Tardó en recuperarse antes de volverse a Guatemala. La última vez que la vio el viajero fue precisamente tras un acto de Rigoberta Menchú, disfrazada como siempre de sí misma, pero más institucional y más triste, tomando unas cañas en un bar cercano. Allí coincidieron con una concejala de Izquierda Unida de rostro caballuno que charlaba con su acompañante sobre sus intenciones de pasarse al PSOE. “Es que a una le queda poco tiempo ya en esto y hay que tocar poder…”
Carmen volvió a achinar los ojos y reírse quedito, su hermana pequeña resopló sin perder la eterna sonrisa y el viajero pudo meter un mecagoendios entre sorbo y sorbo.
Salieron del bar, se besaron, la pequeña cogió a su hijo en brazos y el calor que aún reverberaba sobre el asfalto en ese mes de julio les cubrió con una finísima nube.
“Echo de menos la humedad”, dijo Carmen. “Y a los compas…”

©alfonso ormaetxea marzo 2011

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Pramoedya, el dalang de marionetas

Pramoedya Ananta Toer
Dalang: maestro que cuenta las historias y manipula los muñecos en el teatro de sombras indonesio, el wayang.

La primera vez que llegó a Indonesia llevaba forrado con papel de periódico la guía de Bill Dalton, Indonesia Handbook. Estaba prohibida porque criticaba al dictadorzuelo de turno en el sudeste asiático, instalado en el poder sobre los huesos humeantes de 500.000 militantes del PKI asesinados por orden de Kissinger que temía la posibilidad de que la derrota en Vietnam activase el efecto dominó en la región.

El gorila que le miró la mochila en el puerto de Medam, tras haber cruzado el estrecho de Malaca en un destartalado barco de pasajeros en que la cerveza malaya estaba de oferta, le dio miedo genuino, pero luego se dijo que todos los malayos e indonesios de Sumatra tenían la cara de malos que ponían en las películas de los años 50 a los villanos norcoreanos o chinos de Mao. Por supuesto no echó ni un vistazo al libraco de más de 1000 páginas, torció una sonrisa más terrible que el mal gesto con que recibió a los pocos pasajeros que desembarcaron de la bañera difícilmente azul atracada por babor a un muelle extrañamente silencioso y tendió el pasaporte al viajero con una uña larguísima aunque limpia.

El viajero ganó un autobús destartalado que le llevaría en cinco horas hasta Parapat, a orillas del Lago Toba, donde un australiano le había dicho que en medio del lago formado por un volcán había una isla del tamaño de la provincia de Madrid, cuyos habitantes Batak eran cristianos animistas, significara eso cualquier cosa que al australiano se le hubiera ocurrido en ese momento en que hacían esquí de fondo por la ladera norte de la sierra de Madrid. En efecto, parecían cristianos porque mostraban con agrado su cara de sufrimiento y tenían como plato típico el perro con piña. No había un solo perro de más de cuatro semanas en toda la isla.

Luego continuó recorriendo la isla de Sumatra durante un par de semanas que se le hicieron eternas excepto en Bukittinggi, el pueblo natal del que luego se convertiría en el editor de cabecera de Toer y en su guía en 1999, doce años después, en una Yakarta medio alzada contra Suharto.

Cuando se cansó de autobuses con morro y banquetita de madera en pasillo que parecía sacada de un delirio de Harpo Marx, se subió a un avión, cambió de isla y sin solución de continuidad se subió a un tren de medio lujo que atravesaba las llanuras de Java mostrando todas las fases en que puede crecer el arroz, siempre de un verde esmeralda. Llegó a Yogyakarta a media noche y subió al primer rickshaw que le prometió un hotel decente apenas a media hora de petardeo.

Allí visitó el palacio del sultán en el Kratón, el área más distinguida de una ciudad que se tenía sin empacho por la más culta del mundo, y donde estaba prohibido el establecimiento de negocios de chinos desde principios de siglo. Los años le demostrarían al viajero lo acertado de esa medida, al menos para los comerciantes locales de su ciudad. El guía que le mostró el palacio era culto, elegantísimo en su sarong de batik, ─esa pieza de tela estampada y ceñida a la cintura, vestida tanto por hombres como por mujeres en Indonesia, que a los extranjeros se nos suele caer en las peores circunstancias─ y extremadamente educado, con cierta pose aristocrática, pero sin mostrar altivez alguna.
El kratón de Yojiakarta


Años más tarde se lo encontró ilustrando la portada de una guía visual de Indonesia. El viajero siempre recordaría la delicadeza con que le pidió que abonara sus servicios ya que no recibía sueldo alguno por su trabajo. Cogió algunos billetes que le tendía su guiado y rechazó el resto despidiéndole con una reverencia justa, ni poca ni mucha para su colada.

Otro día se acercó al templo de Borobudur, construido en forma de mandala y flor de loto con sus seis plantas que simulan estadios de iluminación y sus 504 estatuas de Buda. Consiguió tocar las manos juntas en forma de mudra de alguna de las estatuas encerradas dentro de su estupa, lo que al parecer garantizaba el regreso y la buena estrella. Si lo primero se cumplió, de lo segundo no estaba tan seguro.

Luego ya todo fue cuesta abajo; más llanuras javanesas, más arroz cimbreándose con los vientos dulcísimos de la tarde, un lento y bonancible amanecer cruzando el estrecho de Bali en Ketapang, la llegada a Dempasar y la continuación a Kuta de donde escaparía como alma que lleva el diablo a Ubud, en aquel entonces un paraíso casi desconocido habitado por pintores de cierta calidad y muy buen gusto, y por perros que se comían inmediata y mansamente las ofrendas depositada a los pies de los numerosos dioses balineses mientras las oferentes sonreían beatíficamente.

No fue hasta Candidasa, una aldea de pescadores que miraba al este, cuando se enteró de la anunciada muerte de su padre, enfermo de un cáncer terminal. El viajero no había querido renunciar a su viaje por aquella circunstancia, de la misma forma que su padre no había querido renunciar a su lealtad perruna y siempre sumisa hacia su esposa, a pesar de sus arbitrariedades y caprichos de niña rica y malcriada de Santander, con el corazón dividido entre los sobaos pasiegos y la raza aria de la que, sorprendentemente, creía formar parte. Y ejercía su dictadura de forma implacable y voluble sobre sus hijos, sobre todo con el más pequeño, que a su vez no le pasaba ni una desde su más extrema ─que no tierna─ infancia.

Tampoco le afectó mucho, contagiado quizá de la serenidad hierática del guía de Yogyakarta, de la alegría fatalista de los oferentes de Bali, de los atardeceres lisérgicos que los magic mushrooms le proporcionaban al contemplar un mar que apuntaba una ligera elevación sobre el horizonte; quizá el relieve de la isla de Lombok, cuyo skyline parecía la espalda de algún dormido dragón de Komodo. Apenas unas cuantas copas de arak bebidas con excesiva premura, un licor de arroz endémico, muy bueno cuando era casero y de terrible resaca cuando era industrial, hijo bastardo del mekong, el maravilloso whisky de arroz de Tailandia.

Pasó en la aldea de pescadores el doble de días de lo que tenía previsto y tras curarse algo el alma y destrozarse un poco más el hígado, tras cuatro horas de torturante música ambiente de gamelán en el aeropuerto de Dempasar pudo subir a un avión francés que traía turistas de Tahití y cuya atmósfera interior de burgueses franceses degustando canapés de foie y recio vino de Borgoña mientras atravesaban la línea del ecuador se le hizo bailona, irreal y algo fantasmagórica.

Cuando llegó al aeropuerto de Madrid el avión jordano patinó en la empapada pista de aterrizaje y pegó un bandazo que hizo que medio pasaje chillara y el otro medio se agarrara lívido al reposabrazos más cercano.

Tal y como se temía, su hermano estaba esperándole al otro lado de la aduana de Barajas con mueca de infinito reproche. Quizá por eso le tendió con cara de sarcasmo y nada más verle un regalo absurdo comprado en la duty free shop de Amman, lo que hizo que el otro torciera aún más el gesto.

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Borobudur
Doce años más tarde llegaba de nuevo a Yakarta, y esta vez llevaba forrados con papel de periódico los tres libros de Pramoedya Ananta Toer, ─prohibidos aún en el país─, que había traducido por encargo de una editorial vasca que andaba buscando apoyos y comprensión internacional a sus deseos de independencia. Aunque se tratara de un escritor indonesio recién liberado del campo de concentración de la isla de Buru, en el archipiélago de las Molucas, donde había pasado los últimos catorce años reclamando una máquina de escribir hasta que Jean Paul Sartre consiguió hacerle llegar una como preludio a su nominación a un premio Nobel de literatura que nunca recibiría.


El olor a clavo de los cigarrillos de kretek le inundó la garganta y le llevó al pasado, cuando llegó a Singapur empujando una mochila monstruosa que hizo reír al elegante botones del hotel que casi se negó a cogerla. Al viajero le habían regalado un bono de dos noches en un lujoso hotel cerca de la céntrica Orchard Road que, no obstante, lindaba con las chabolas de los recién inmigrados, más acordes con su impedimenta.

Yakarta seguía brindando todo tipo de argumentos a los viajeros para no pasar en ella ni una sola noche. Estaba infestada de pasos elevados desde donde rugían los coches, los atestados autobuses de pasajeros y las motocicletas. El comercio de barrio casi había desparecido debido a los malls y centros comerciales al más puro estilo Imperio; las aceras brillaban por su ausencia y el calor, la humedad y la contaminación proporcionaban una desasosegante sensación de ahogo casi físico.

Al día siguiente muy temprano le llamó por teléfono Joesoef Isak, el editor de Pramoedya en Indonesia, uno de esos profesionales más acostumbrados a lidiar con la censura que con las cursivas, la ortografía o el interlineado. Llegaron en un destartalado cuatro por cuatro conducido por un joven a la casa del escritor, situada en el extrarradio de la capital. Vieron grupos de manifestantes en las aceras que enarbolaban con alguna timidez banderas del PDI, el partido de Megawati Sukarnoputri, la hija del Padre de la Independencia depuesto por el golpe de Suharto. Se podía sentir esa tensión eléctrica en el ambiente, ese olor a violencia y miedo, preludio de enfrentamientos, que el viajero había conocido en algunos otros países, incluido el propio.
Pramoedya, Pram, según dijo en indonesio señalándose con el dedo, había salido al jardincillo para recibirlos. Vestía un sarong sencillo y un niki adornado por un pingüino a modo de marca, lo que en medio de ese asfixiante calor húmedo que se abatía sobre el jardín y que Pram no parecía notar, prestaba al escritor cierta vis cómica.

Vivía en un barrio tranquilo que fue suburbio y la vorágine especulativa había hecho un poco centro, en una casa sencilla construida por su mujer mientras él pasaba catorce años en Buru, uno de los pudrideros del régimen. Era uno de los pocos escritores indonesios de best-sellers ─de Tierra Humana circularon por Indonesia 500.000 ejemplares en forma de fotocopias clandestinas─, que podía proporcionar a sus lectores ocho años de vacaciones en el trópico. El viajero preguntó entonces si a él por el contenido de la maleta le podían haber caído 24 años.
“No, no; te hubieran mandado de vuelta a Singapur” contesta Joesoef Isak también ex TAPOL, como se denomina a los antiguos prisioneros políticos con sus derechos restringidos. Él mismo pasó diez años de vacaciones tropicales. Se mostraba encantado de que el viajero hubiera conocido su pueblo de cultura matrilineal doce años atrás.

Toer el dalang de marionetas

Pram se sienta bajo un cuadro en el que pelean dos gallos dibujados a carboncillo, regalo de Gunter Grass y frente a otro, delicioso por ingenuo, en el que aparecen sus padres. Sus nietos juegan frente al televisor en la otra esquina del cuarto y Pramoedya sin dejar de sonreír, coloca su mano detrás de su oreja izquierda a modo de trompetilla.

“Está sordo como una tapia”, me advierte Josoef. “Tú habla en inglés y yo traduzco”. En efecto, traduce a gritos y Pram contesta sosegadamente y en voz muy baja. Al viajero le habían pedido una entrevista y se había comprado una pequeña grabadora analógica en la que no confiaba mucho. Tampoco lo hacía en sus habilidades de entrevistador.

Se enfrentaba a la sordera de Pram, a la entrevista en un inglés sencillo, ya que el editor no manejaba la lengua con soltura, a sus gritos y a los silencios y respuestas inaudibles del autor en indonesio, ya que había renunciado a su lengua materna, el javanés, por razones políticas, de unificación del vasto archipiélago en torno a una lingua franca, hija directa del malayo. Pero el viajero se enfrentaba sobre todo a sus propias emociones de traductor, a los sentimientos que había ido desvelando poco a poco al traducir los tres primeros libros, a un personaje que se le presentaba en carne y hueso ahora después de haber dialogado en silencio con él durante un par de años todos los días de la semana. Había visto como manejaba las marionetas del teatro wayang que bailaban en sus historias. Había visto los hilos y los trucos del escenario, había podido contemplar cuánto de la vida de Pram estaba en sus personajes. Sabía que sus marionetas habían incendiado todo un archipiélago. Y aunque también sabía del peligro de las emociones y de cómo sortearlas, le temblaba la mano que antes sostenía casi siempre el cigarrillo antes de prender la grabadora.

Le empieza preguntando por sus libros aunque sabe que a Pram no le gusta hablar de ellos. En efecto, éste se ríe y pregunta a su vez, cómo se ha enterado.
“Es cierto. Los libros que he escrito son como mis hijos y no hay que hablar de los hijos de uno. Ahí están para que todo el que quiera los lea, los compare o hable de ellos si le parece bien. Pero yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer al respecto: escribirlos”.

“¿Cómo ha afectado la censura a su trabajo?”
“Mis libros no han estado nunca prohibidos en base a ninguna sentencia o decreto escrito. Simplemente el fiscal general los declaró ilegibles. Se metía en la cárcel a quien los leía o se atrevía a venderlos. Hoy en día la situación legal, como es lógico, no ha cambiado. No se puede autorizar lo que nunca se ha prohibido. Simplemente la gente es más valiente, ha perdido el miedo, y circulan de manera abierta. Aunque puede seguir habiendo riesgos”.

“¿Qué opina usted del hecho de que ha habido varias generaciones que se han visto privadas por la censura de sus libros, quizá cuando más hubieran podido disfrutar y aprender de ellos”.
“Evidentemente ha sido una lástima, pero eso ya no va a volver a ser un problema en lo sucesivo porque con las nuevas tecnologías todo el mundo va a poder tener de una u otra forma acceso a ellos. También quiero decir que cada vez que la dictadura prohibía un libro mío era como si añadiese una nueva medalla a mi pecho. Yo me sentía orgulloso.
Ahora bien, en los tiempos de la colonia había más seguridad, digamos de tipo jurídico, que durante el Nuevo Orden de Suharto. Si se prohibía un libro se necesitaba una resolución judicial que se podía intentar rebatir o apelar. Con Suharto se instauró un nuevo método: se mete en la cárcel a quien lo lee o lo vende y punto”.

“Usted ha mencionado en una ocasión que el trabajo de un escritor es siempre, en cierta medida, autobiográfico. ¿Hasta qué punto es cierto esto en el Cuarteto de Buru ?”
“Las ideas de un escritor están siempre presentes en su obra y esto es lo verdaderamente importante. En mis libros están reflejadas mis ideas sobre el progreso de la humanidad, la emancipación de los pueblos y sobre la libertad de los pueblos colonizados. Para mí los libros son como vitaminas para la vida.
Y al igual que en mi caso, en cierto modo, los personajes de mis libros, en especial los de El Cuarteto, son perdedores, pierden. Pero eso no es lo importante. Lo importante es rebelarse, luchar, pelear por lo que se cree que es justo. Lidiar con los tiempos que te han tocado vivir y tratar de mejorarlos”.

“¿Puede hablarse de que en sus novelas el proceso de liberación y maduración del personaje principal, de Minke, corre paralelo al proceso de liberación de su pueblo?”
“No exactamente. No son procesos paralelos que discurran al mismo tiempo y por la misma vía. Sucede que hay unos determinados personajes que se anticipan a su tiempo y a sus circunstancias y su pueblo les sigue. A ellos y a las fuerzas que encarnan.”

“Para terminar con el tema de sus libros, me gustaría señalar el extraordinario papel que juegan los personajes femeninos en sus historias”. Y el viajero no puede dejar de advertir el destello de pillería que asoma a sus ojos y la sonrisa de complicidad que se cruza con Yosoef.
“Además -prosigue- no hay que olvidar el papel tan enormemente significativo que las mujeres han jugado y están jugando en esta zona del mundo. No hay más que recordar a Indira Gandhi, Benazir Bhuto, la premio Nobel birmana de 1991 Aung San Suu Kyi, o la propia Megawati Sukarnoputri, futura presidenta de Indonesia”.

“En primer lugar quiero señalar el papel que mi madre tuvo en mi vida y en mi educación”. Y todos volvemos la mirada hacia el cuadro desde donde nos contempla. “Era una mujer extraordinaria. En general, las mujeres son más fuertes que los hombres y se enfrentan más decididamente con las dictaduras. Yo creo que la condición femenina, la mujer, choca siempre más formalmente con el modo de pensar y actuar castrense, de los militares. Y máxime cuando éstos llevan a sus últimas consecuencias sus ideas y su organización, es decir cuando implantan una dictadura.
Creo que en el futuro el papel de la mujer seguirá creciendo y será cada vez más importante. Quizá no en este momento en esta parte del mundo, pero sí como tendencia general. Quizá sea menos espectacular pero más decisivo. Estoy seguro de ello. Antes las mujeres apoyaban o seguían. Ahora deciden y se las sigue”.

Pinturas de Ubud

“A mi particularmente siempre me ha sorprendido su coraje al criticar sin ambages los aspectos de su pueblo que no comparte o que considera negativos, sin tener en cuenta las críticas que esto le haya podido acarrear”.
“Sí, es cierto. Siempre he luchado contra aquello que me parecía criticable sin importarme de quién se tratara o la circunstancia histórica concreta. Sin que me preocupara la oportunidad o no de mis críticas.
De hecho estuve un año secuestrado ─creo que ahora se dice desaparecido─, en 1959, por la policía del régimen popular de Sukarto por haber sido de los pocos, el único intelectual, que denunció las persecuciones sufridas por la minoría de origen chino en la joven República de Indonesia. Una persecución que se está repitiendo ahora y que siempre he estado dispuesto a combatir y denunciar.
Hemos sufrido, y lo seguimos haciendo, un feroz dictadura que nos ha llevado también a perpetrar una invasión armada y sangrienta a otros pueblos como Timor Oriental.
Indonesia tiene una visión muy estrecha de sí misma. Somos, a mi entender, un país marítimo. Eso quiere decir un país abierto, encrucijada de caminos y travesías como siempre hemos sido. Pero aquí manda el ejército de tierra. Siempre mirando hacia el interior de las islas para reprimir y controlar a sus paisanos, a sus habitantes de tierra adentro. No pensamos como archipiélago, como país abierto a los mares que nos rodean y a sus hermanos ribereños.
Necesitamos intelectuales que piensen este país. Intelectuales de verdad que piensen en éstas y otras ideas y filosofías nuevas. Que aporten abierta y sinceramente sus esfuerzos y colaboraciones. Y no los hay. Por ninguna parte.
Y ahora aquí todo el sistema está en crisis. La corrupción de todos los estamentos político-militares y la administración en general no permitía siquiera un desarrollo más abierto del régimen capitalista. Seguían pensando de manera semifeudal, como si los servicios prestados les dieran una especie de licencia para robar y para siempre. Su forma de robar, su corrupción, su nepotismo, tenía paralizado al país en su conjunto. Sólo valía la especulación.
La burocracia y la corrupción y la colusión, lo que hoy llamamos KKN ─Korruption, Kolusion, Nepotism─, mantenían al país agarrotado. La crisis era inevitable. Hasta Occidente y el FMI se dieron cuenta y han tenido que intervenir para apartar al dictador y su familia del botín que querían para ellos solos. No dejaban participar ni a las grandes empresas transnacionales como ellas quieren, en este mundo que dicen tan interdependiente. Además son una clase que no sabe más que robar. No crean nada. No potencian nada. No trabajan en nada. Roban, sólo eso”.

“He leído que a usted lo que realmente le hubiera gustado ser es un campesino. Que para usted es muy importante la relación entre el ser humano y la tierra…”
“Sí, es cierto. Hasta hace relativamente poco iba a un terrenito que tenía mi familia en las afueras de la ciudad y me pasaba ocho horas trabajando la tierra. Ahora ya no lo hago. No me siento seguro. En la actual situación de agitación política y a mi edad ya no me siento seguro fuera de casa.
Pero ciertamente siempre he sido en realidad un campesino. Me he considerado un campesino metido a escritor”.

A la vuelta de su encarcelamiento sus vecinos contemplaban asombrados la figura de un Pramoedya enfurruñado, azada al hombro, cavando en un vertedero y unos descampados cercanos a su domicilio. Más tarde se enteraron de que andaba buscando su preciada y extensa biblioteca que al parecer los soldados que fueron a detenerle habían tirado por la zona.
“Y ya para terminar, porque nos han dicho que sobre esta hora suele usted echarse a dormir un rato para no quebrantar su no muy robusta salud…”
“Es un cabezota” responde su editor. “No va nunca al médico. Y ha jurado no pisar un hospital”.

El viajero cita su frase favorita, entre tantas, de Gabriel García Marquez: Hay dos tipos de enfermedades, las que se curan solas y las que no tienen solución, y a Pram, tras la lenta traducción le da un pequeño ataque de esa risa suya tan pausada. Se reclama de la misma teoría.
“Yo ya soy mayor, lo que queda es una tarea para la juventud, para las nuevas generaciones. Yo ya he hecho mi labor y ahora a mis setenta y pico años quiero disfrutar de ver jugar a mis nietos. Yo confío en la juventud. Sigo siendo un sincero y total optimista y confío plenamente en las nuevas generaciones”.
Como corroborando sus palabras entra un joven en la sala acarreando unos libros para que se los firme Pram, unos manifiestos, escritos de protesta contra la represión. Se presenta como un joven periodista represaliado en su trabajo por su actividad en favor del movimiento democrático. Tiende tres tarjetas y la mano abierta:
“Encantado. Mi tarjeta con mi nombre falso, la de mi seudónimo, y la verdadera”. Continúa con su actividad.
“Hay una manifestación frente al Parlamento. No volváis en taxi al hotel. Mejor os llevo yo”.

Antes de venir a la casa de Pramoedya el viajero había leído cómo despedirse a la manera indonesia e incluso había ensayado los dos métodos que le parecían infalibles: un leve roce con la mano de tu interlocutor para luego llevártela al corazón o juntar las manos a la altura del pecho haciendo a la vez una leve reverencia con la cabeza.
Pramoedya lo solucionó a su manera. Les acompañó al coche que les iba a llevar de vuelta al hotel, abrió la portezuela y dio a todos un par de besos en las mejillas mientras encargaba que no olvidara dar las gracias a sus lectores.

Y el viajero volvió a su hotel tres estrellas inferior situado bajo un paso elevado, entró en el bar, miró con desconfianza a su grabadora ahora quieta, confió como siempre en su memoria y pidió una cerveza y un whiskey.

Y mucho tiempo después, frente a su página de Internet y su vaso de café negro recordó cómo pasaron esos años en que pensamos, viajamos y bebimos peligrosamente.

© alfonso ormaetxea 1987-1999- noviembre de 2010

El Cuarteto de Buru publicado por Txalaparta, consta de Tierra Humana, Hijo de todos los pueblos, Hacia el mañana y La Casa de Cristal.

Su libro de memorias Canción triste de un mudo, también está publicado en esa misma casa.
(Nota del Traductor)

Nunca podemos volver al mismo sitio. Incluso en el caso de que ese lugar no se haya vuelto irreconocible –cosa cada vez más difícil-, el paso del tiempo nos ha hecho irreconocibles a nosotros.

Eduardo Jordá, Lugares que no cambian