miércoles, 2 de marzo de 2011

Carmen, la mayor de las Sister


Carmen, la mayor de las hermanas Sister


Carmen era bajita y gordita, al contrario que su hermana, pizpireta y muy delgada. Pero con el tiempo, las tornas y las carnes se cambiaron. Carmen adelgazó de tanto caminar por las trochas de las selvas de Guatemala. Siguió siendo bajita, claro, pero si se comparaba con las diminutas indígenas, casi todas ataviadas con sus huipiles de vivísimos colores, tenía una estatura muy aparente. Así, Carmen había cumplido su metamorfosis total con ánimo de cambiar de vida, de aspecto radicalmente sin pasar por el quirófano, y también radicalmente, de actividad. De modistilla de uniformes para el ejército que trabajaba en un local mal iluminado en una calle estrecha del barrio de Universidad de Madrid, a militante de la URNG, primero en la clandestinidad y luego en la lucha civil, siempre al borde de la semiclandestinidad que imponían los paramilitares y sus matanzas al tuntún dictadas por las Patrullas de Autodefensa primero y los asesinatos selectivos después, que han acabado por convertir ese paraíso prometido de la tierra de los Cuchumatanes y los quetzales en un pudridero de maras y narcos, que ahora llaman piadosamente “estado fallido”.

El viajero conoció a Carmen camino de la Embajada de los Estados Unidos para negociar a toda prisa un visado de entrada ya que el único vuelo disponible para ir ese verano a Nicaragua pasaba sí o sí por Nueva York y Atlanta. Iba del lado de su inevitable hermana que era de esas personas que tenía siempre una sonrisa en la cara, uno no sabía si porque era así de alegre y soñadora o porque sus rasgos le imponían el rictus. Con el tiempo comprobó que se reía hasta cuando rompía a llorar, afirmándole la segunda parte de su teoría. Sin embargo, Carmen, cuando sonreía, achinaba la vista lo que acentuaba su gesto de pícara. El viajero lo recuerda perfectamente de un baile en la ciudad de León, casi al borde del Pacífico. Carmen era la que más triunfaba, la que más educadísimas peticiones de baile recibía del tropel de muchachos, -“compas” y no tanto-, que no paraban de rondarla y hacerla bailar. Carmen volvía hacia el lugar donde el viajero le custodiaba los roncitos y los bolsos y decía “Ves, les gustan las gorditas”. Y ponía esos ojos pícaros, casi un par de rayas, sobre una sonrisa toda, toda, de pura y merecidísima satisfacción.

En la brigada, las hermanas Sister se habían quedado adecentando un instituto de enseñanza media en una ciudad pequeña, casi un pueblo grande de Nicaragua, mientras que los más revolucionados se habían marchado al puro campo ─sin agua, ni luz, y lo que era peor, sin cerveza─ a levantar una escuela. Lógicamente, su elección rebajaba la valoración de las hermanas en capacidad luchadora y de sacrificio por una Revolución que iba a acabar devorando a sus hijos, sobrinos y hasta primos de segundo grado. Y si nos los devoró del todo, les quitó sus buenos trozos de carne, sobre todo cercenando la parte del cerebro donde residen las emociones. Es como esas canciones de Fito que dicen que si no las bailas es que no tienes corazón. El viajero, claro, ni siquiera bailaba esas, acodado en las barras cuando las había, utílismo para guardar bolsos e impedimenta, un ser tan preciado como esa amiga solterona a su pesar, buena conductora y abstemia que invitaban todos a las juergas de fin de semana.


Carmen y su hermana volvieron a sus trabajos en Madrid, pero la mayor ya inoculada por el veneno de los bailes del trópico, del roncito tibio, de las manos morenas ciñéndola el talle, de un futuro al alcance de la mano, lejos de uniformes cutres de sargentos chusqueros.
Duró poco en Madrid, apenas un año, hasta que conoció a un joven guatemalteco al que no le costó mucho convencerla de que se fuera con él al agujero inmundo de la ciudad de Guatemala a compartir riesgo y lecho a partes iguales. Y se fue sin decir nada a sus amigos de siempre y a sus ex compañeros de brigada, algunos pastoreando las huestes del movimiento anti Otan, otros de vuelta de casi todo incluido de sí mismos, los menos enganchados a drogas políticas más duras en el Norte, en qué norte no importa.

A su “compa” como le llamaba dulcemente, le desaparecieron una tarde. La URNG en la que todavía militaba orgullosamente Rigo antes de convertirse en un juguete roto de los Premios Nobel y acabar penando por las esquinas su vientre yermo, ─algo que para una mujer maya es más que una maldición bíblica─, estaba pugnando por buscarse un sitio en el espacio político legal después del cese al fuego de la guerrilla cocido al calor de sus hermanos salvadoreños, y los paramilitares y los militares a secas no iban a permitir que la cosa saliera de balde. Había que aplicar una buena dosis de terror preventivo y desaparecer algunos miles más de indígenas, ladinos y criollos o blancos, ya fueran monjas gringas, peladitos de las aldeas en resistencia, o modistillas metomentodo si se ponían a tiro.

Carmen pasó su calvario particular paseando por todas las morgues de la capital y de los pueblos de los alrededores. Nunca encontró el cadáver o lo que quedara de él. Quizá lo hubieran tirado en alguno de los gigantescos vertederos que se levantaban contra el cielo pugnando con los volcanes que pespunteaban el skyline del valle. Al cabo de algunos meses de angustia, y ante el ominoso destino que le esperaría si se quedaba en ese lugar que no existe como diría Ives Montand en El Salario del Miedo, optó por enmontañarse. Así pasó algunos años caminando descalza por las trochas de montaña, metiendo el pie desnudo en los abismos del barro de la selva, esquivando controles en las zonas menos rurales, tiñéndose la cara para hacerla más oscura, y vistiendo con coquetería los huipiles de colores imposibles que ayudaba a rematar con su destreza de modista.
Al cabo de esos años tuvo que regresar a Madrid. Estaba seriamente enferma, afectada por una enfermedad tropical que en la diminuta sección de medicina escasamente tropical de un hospital madrileño no eran capaces de identificar, pero que le dijeron que probablemente se debía a haber andado descalza entre esos barros y humedades perpetuas.

Tardó en recuperarse antes de volverse a Guatemala. La última vez que la vio el viajero fue precisamente tras un acto de Rigoberta Menchú, disfrazada como siempre de sí misma, pero más institucional y más triste, tomando unas cañas en un bar cercano. Allí coincidieron con una concejala de Izquierda Unida de rostro caballuno que charlaba con su acompañante sobre sus intenciones de pasarse al PSOE. “Es que a una le queda poco tiempo ya en esto y hay que tocar poder…”
Carmen volvió a achinar los ojos y reírse quedito, su hermana pequeña resopló sin perder la eterna sonrisa y el viajero pudo meter un mecagoendios entre sorbo y sorbo.
Salieron del bar, se besaron, la pequeña cogió a su hijo en brazos y el calor que aún reverberaba sobre el asfalto en ese mes de julio les cubrió con una finísima nube.
“Echo de menos la humedad”, dijo Carmen. “Y a los compas…”

©alfonso ormaetxea marzo 2011

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Pramoedya, el dalang de marionetas

Pramoedya Ananta Toer
Dalang: maestro que cuenta las historias y manipula los muñecos en el teatro de sombras indonesio, el wayang.

La primera vez que llegó a Indonesia llevaba forrado con papel de periódico la guía de Bill Dalton, Indonesia Handbook. Estaba prohibida porque criticaba al dictadorzuelo de turno en el sudeste asiático, instalado en el poder sobre los huesos humeantes de 500.000 militantes del PKI asesinados por orden de Kissinger que temía la posibilidad de que la derrota en Vietnam activase el efecto dominó en la región.

El gorila que le miró la mochila en el puerto de Medam, tras haber cruzado el estrecho de Malaca en un destartalado barco de pasajeros en que la cerveza malaya estaba de oferta, le dio miedo genuino, pero luego se dijo que todos los malayos e indonesios de Sumatra tenían la cara de malos que ponían en las películas de los años 50 a los villanos norcoreanos o chinos de Mao. Por supuesto no echó ni un vistazo al libraco de más de 1000 páginas, torció una sonrisa más terrible que el mal gesto con que recibió a los pocos pasajeros que desembarcaron de la bañera difícilmente azul atracada por babor a un muelle extrañamente silencioso y tendió el pasaporte al viajero con una uña larguísima aunque limpia.

El viajero ganó un autobús destartalado que le llevaría en cinco horas hasta Parapat, a orillas del Lago Toba, donde un australiano le había dicho que en medio del lago formado por un volcán había una isla del tamaño de la provincia de Madrid, cuyos habitantes Batak eran cristianos animistas, significara eso cualquier cosa que al australiano se le hubiera ocurrido en ese momento en que hacían esquí de fondo por la ladera norte de la sierra de Madrid. En efecto, parecían cristianos porque mostraban con agrado su cara de sufrimiento y tenían como plato típico el perro con piña. No había un solo perro de más de cuatro semanas en toda la isla.

Luego continuó recorriendo la isla de Sumatra durante un par de semanas que se le hicieron eternas excepto en Bukittinggi, el pueblo natal del que luego se convertiría en el editor de cabecera de Toer y en su guía en 1999, doce años después, en una Yakarta medio alzada contra Suharto.

Cuando se cansó de autobuses con morro y banquetita de madera en pasillo que parecía sacada de un delirio de Harpo Marx, se subió a un avión, cambió de isla y sin solución de continuidad se subió a un tren de medio lujo que atravesaba las llanuras de Java mostrando todas las fases en que puede crecer el arroz, siempre de un verde esmeralda. Llegó a Yogyakarta a media noche y subió al primer rickshaw que le prometió un hotel decente apenas a media hora de petardeo.

Allí visitó el palacio del sultán en el Kratón, el área más distinguida de una ciudad que se tenía sin empacho por la más culta del mundo, y donde estaba prohibido el establecimiento de negocios de chinos desde principios de siglo. Los años le demostrarían al viajero lo acertado de esa medida, al menos para los comerciantes locales de su ciudad. El guía que le mostró el palacio era culto, elegantísimo en su sarong de batik, ─esa pieza de tela estampada y ceñida a la cintura, vestida tanto por hombres como por mujeres en Indonesia, que a los extranjeros se nos suele caer en las peores circunstancias─ y extremadamente educado, con cierta pose aristocrática, pero sin mostrar altivez alguna.
El kratón de Yojiakarta


Años más tarde se lo encontró ilustrando la portada de una guía visual de Indonesia. El viajero siempre recordaría la delicadeza con que le pidió que abonara sus servicios ya que no recibía sueldo alguno por su trabajo. Cogió algunos billetes que le tendía su guiado y rechazó el resto despidiéndole con una reverencia justa, ni poca ni mucha para su colada.

Otro día se acercó al templo de Borobudur, construido en forma de mandala y flor de loto con sus seis plantas que simulan estadios de iluminación y sus 504 estatuas de Buda. Consiguió tocar las manos juntas en forma de mudra de alguna de las estatuas encerradas dentro de su estupa, lo que al parecer garantizaba el regreso y la buena estrella. Si lo primero se cumplió, de lo segundo no estaba tan seguro.

Luego ya todo fue cuesta abajo; más llanuras javanesas, más arroz cimbreándose con los vientos dulcísimos de la tarde, un lento y bonancible amanecer cruzando el estrecho de Bali en Ketapang, la llegada a Dempasar y la continuación a Kuta de donde escaparía como alma que lleva el diablo a Ubud, en aquel entonces un paraíso casi desconocido habitado por pintores de cierta calidad y muy buen gusto, y por perros que se comían inmediata y mansamente las ofrendas depositada a los pies de los numerosos dioses balineses mientras las oferentes sonreían beatíficamente.

No fue hasta Candidasa, una aldea de pescadores que miraba al este, cuando se enteró de la anunciada muerte de su padre, enfermo de un cáncer terminal. El viajero no había querido renunciar a su viaje por aquella circunstancia, de la misma forma que su padre no había querido renunciar a su lealtad perruna y siempre sumisa hacia su esposa, a pesar de sus arbitrariedades y caprichos de niña rica y malcriada de Santander, con el corazón dividido entre los sobaos pasiegos y la raza aria de la que, sorprendentemente, creía formar parte. Y ejercía su dictadura de forma implacable y voluble sobre sus hijos, sobre todo con el más pequeño, que a su vez no le pasaba ni una desde su más extrema ─que no tierna─ infancia.

Tampoco le afectó mucho, contagiado quizá de la serenidad hierática del guía de Yogyakarta, de la alegría fatalista de los oferentes de Bali, de los atardeceres lisérgicos que los magic mushrooms le proporcionaban al contemplar un mar que apuntaba una ligera elevación sobre el horizonte; quizá el relieve de la isla de Lombok, cuyo skyline parecía la espalda de algún dormido dragón de Komodo. Apenas unas cuantas copas de arak bebidas con excesiva premura, un licor de arroz endémico, muy bueno cuando era casero y de terrible resaca cuando era industrial, hijo bastardo del mekong, el maravilloso whisky de arroz de Tailandia.

Pasó en la aldea de pescadores el doble de días de lo que tenía previsto y tras curarse algo el alma y destrozarse un poco más el hígado, tras cuatro horas de torturante música ambiente de gamelán en el aeropuerto de Dempasar pudo subir a un avión francés que traía turistas de Tahití y cuya atmósfera interior de burgueses franceses degustando canapés de foie y recio vino de Borgoña mientras atravesaban la línea del ecuador se le hizo bailona, irreal y algo fantasmagórica.

Cuando llegó al aeropuerto de Madrid el avión jordano patinó en la empapada pista de aterrizaje y pegó un bandazo que hizo que medio pasaje chillara y el otro medio se agarrara lívido al reposabrazos más cercano.

Tal y como se temía, su hermano estaba esperándole al otro lado de la aduana de Barajas con mueca de infinito reproche. Quizá por eso le tendió con cara de sarcasmo y nada más verle un regalo absurdo comprado en la duty free shop de Amman, lo que hizo que el otro torciera aún más el gesto.

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Borobudur
Doce años más tarde llegaba de nuevo a Yakarta, y esta vez llevaba forrados con papel de periódico los tres libros de Pramoedya Ananta Toer, ─prohibidos aún en el país─, que había traducido por encargo de una editorial vasca que andaba buscando apoyos y comprensión internacional a sus deseos de independencia. Aunque se tratara de un escritor indonesio recién liberado del campo de concentración de la isla de Buru, en el archipiélago de las Molucas, donde había pasado los últimos catorce años reclamando una máquina de escribir hasta que Jean Paul Sartre consiguió hacerle llegar una como preludio a su nominación a un premio Nobel de literatura que nunca recibiría.


El olor a clavo de los cigarrillos de kretek le inundó la garganta y le llevó al pasado, cuando llegó a Singapur empujando una mochila monstruosa que hizo reír al elegante botones del hotel que casi se negó a cogerla. Al viajero le habían regalado un bono de dos noches en un lujoso hotel cerca de la céntrica Orchard Road que, no obstante, lindaba con las chabolas de los recién inmigrados, más acordes con su impedimenta.

Yakarta seguía brindando todo tipo de argumentos a los viajeros para no pasar en ella ni una sola noche. Estaba infestada de pasos elevados desde donde rugían los coches, los atestados autobuses de pasajeros y las motocicletas. El comercio de barrio casi había desparecido debido a los malls y centros comerciales al más puro estilo Imperio; las aceras brillaban por su ausencia y el calor, la humedad y la contaminación proporcionaban una desasosegante sensación de ahogo casi físico.

Al día siguiente muy temprano le llamó por teléfono Joesoef Isak, el editor de Pramoedya en Indonesia, uno de esos profesionales más acostumbrados a lidiar con la censura que con las cursivas, la ortografía o el interlineado. Llegaron en un destartalado cuatro por cuatro conducido por un joven a la casa del escritor, situada en el extrarradio de la capital. Vieron grupos de manifestantes en las aceras que enarbolaban con alguna timidez banderas del PDI, el partido de Megawati Sukarnoputri, la hija del Padre de la Independencia depuesto por el golpe de Suharto. Se podía sentir esa tensión eléctrica en el ambiente, ese olor a violencia y miedo, preludio de enfrentamientos, que el viajero había conocido en algunos otros países, incluido el propio.
Pramoedya, Pram, según dijo en indonesio señalándose con el dedo, había salido al jardincillo para recibirlos. Vestía un sarong sencillo y un niki adornado por un pingüino a modo de marca, lo que en medio de ese asfixiante calor húmedo que se abatía sobre el jardín y que Pram no parecía notar, prestaba al escritor cierta vis cómica.

Vivía en un barrio tranquilo que fue suburbio y la vorágine especulativa había hecho un poco centro, en una casa sencilla construida por su mujer mientras él pasaba catorce años en Buru, uno de los pudrideros del régimen. Era uno de los pocos escritores indonesios de best-sellers ─de Tierra Humana circularon por Indonesia 500.000 ejemplares en forma de fotocopias clandestinas─, que podía proporcionar a sus lectores ocho años de vacaciones en el trópico. El viajero preguntó entonces si a él por el contenido de la maleta le podían haber caído 24 años.
“No, no; te hubieran mandado de vuelta a Singapur” contesta Joesoef Isak también ex TAPOL, como se denomina a los antiguos prisioneros políticos con sus derechos restringidos. Él mismo pasó diez años de vacaciones tropicales. Se mostraba encantado de que el viajero hubiera conocido su pueblo de cultura matrilineal doce años atrás.

Toer el dalang de marionetas

Pram se sienta bajo un cuadro en el que pelean dos gallos dibujados a carboncillo, regalo de Gunter Grass y frente a otro, delicioso por ingenuo, en el que aparecen sus padres. Sus nietos juegan frente al televisor en la otra esquina del cuarto y Pramoedya sin dejar de sonreír, coloca su mano detrás de su oreja izquierda a modo de trompetilla.

“Está sordo como una tapia”, me advierte Josoef. “Tú habla en inglés y yo traduzco”. En efecto, traduce a gritos y Pram contesta sosegadamente y en voz muy baja. Al viajero le habían pedido una entrevista y se había comprado una pequeña grabadora analógica en la que no confiaba mucho. Tampoco lo hacía en sus habilidades de entrevistador.

Se enfrentaba a la sordera de Pram, a la entrevista en un inglés sencillo, ya que el editor no manejaba la lengua con soltura, a sus gritos y a los silencios y respuestas inaudibles del autor en indonesio, ya que había renunciado a su lengua materna, el javanés, por razones políticas, de unificación del vasto archipiélago en torno a una lingua franca, hija directa del malayo. Pero el viajero se enfrentaba sobre todo a sus propias emociones de traductor, a los sentimientos que había ido desvelando poco a poco al traducir los tres primeros libros, a un personaje que se le presentaba en carne y hueso ahora después de haber dialogado en silencio con él durante un par de años todos los días de la semana. Había visto como manejaba las marionetas del teatro wayang que bailaban en sus historias. Había visto los hilos y los trucos del escenario, había podido contemplar cuánto de la vida de Pram estaba en sus personajes. Sabía que sus marionetas habían incendiado todo un archipiélago. Y aunque también sabía del peligro de las emociones y de cómo sortearlas, le temblaba la mano que antes sostenía casi siempre el cigarrillo antes de prender la grabadora.

Le empieza preguntando por sus libros aunque sabe que a Pram no le gusta hablar de ellos. En efecto, éste se ríe y pregunta a su vez, cómo se ha enterado.
“Es cierto. Los libros que he escrito son como mis hijos y no hay que hablar de los hijos de uno. Ahí están para que todo el que quiera los lea, los compare o hable de ellos si le parece bien. Pero yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer al respecto: escribirlos”.

“¿Cómo ha afectado la censura a su trabajo?”
“Mis libros no han estado nunca prohibidos en base a ninguna sentencia o decreto escrito. Simplemente el fiscal general los declaró ilegibles. Se metía en la cárcel a quien los leía o se atrevía a venderlos. Hoy en día la situación legal, como es lógico, no ha cambiado. No se puede autorizar lo que nunca se ha prohibido. Simplemente la gente es más valiente, ha perdido el miedo, y circulan de manera abierta. Aunque puede seguir habiendo riesgos”.

“¿Qué opina usted del hecho de que ha habido varias generaciones que se han visto privadas por la censura de sus libros, quizá cuando más hubieran podido disfrutar y aprender de ellos”.
“Evidentemente ha sido una lástima, pero eso ya no va a volver a ser un problema en lo sucesivo porque con las nuevas tecnologías todo el mundo va a poder tener de una u otra forma acceso a ellos. También quiero decir que cada vez que la dictadura prohibía un libro mío era como si añadiese una nueva medalla a mi pecho. Yo me sentía orgulloso.
Ahora bien, en los tiempos de la colonia había más seguridad, digamos de tipo jurídico, que durante el Nuevo Orden de Suharto. Si se prohibía un libro se necesitaba una resolución judicial que se podía intentar rebatir o apelar. Con Suharto se instauró un nuevo método: se mete en la cárcel a quien lo lee o lo vende y punto”.

“Usted ha mencionado en una ocasión que el trabajo de un escritor es siempre, en cierta medida, autobiográfico. ¿Hasta qué punto es cierto esto en el Cuarteto de Buru ?”
“Las ideas de un escritor están siempre presentes en su obra y esto es lo verdaderamente importante. En mis libros están reflejadas mis ideas sobre el progreso de la humanidad, la emancipación de los pueblos y sobre la libertad de los pueblos colonizados. Para mí los libros son como vitaminas para la vida.
Y al igual que en mi caso, en cierto modo, los personajes de mis libros, en especial los de El Cuarteto, son perdedores, pierden. Pero eso no es lo importante. Lo importante es rebelarse, luchar, pelear por lo que se cree que es justo. Lidiar con los tiempos que te han tocado vivir y tratar de mejorarlos”.

“¿Puede hablarse de que en sus novelas el proceso de liberación y maduración del personaje principal, de Minke, corre paralelo al proceso de liberación de su pueblo?”
“No exactamente. No son procesos paralelos que discurran al mismo tiempo y por la misma vía. Sucede que hay unos determinados personajes que se anticipan a su tiempo y a sus circunstancias y su pueblo les sigue. A ellos y a las fuerzas que encarnan.”

“Para terminar con el tema de sus libros, me gustaría señalar el extraordinario papel que juegan los personajes femeninos en sus historias”. Y el viajero no puede dejar de advertir el destello de pillería que asoma a sus ojos y la sonrisa de complicidad que se cruza con Yosoef.
“Además -prosigue- no hay que olvidar el papel tan enormemente significativo que las mujeres han jugado y están jugando en esta zona del mundo. No hay más que recordar a Indira Gandhi, Benazir Bhuto, la premio Nobel birmana de 1991 Aung San Suu Kyi, o la propia Megawati Sukarnoputri, futura presidenta de Indonesia”.

“En primer lugar quiero señalar el papel que mi madre tuvo en mi vida y en mi educación”. Y todos volvemos la mirada hacia el cuadro desde donde nos contempla. “Era una mujer extraordinaria. En general, las mujeres son más fuertes que los hombres y se enfrentan más decididamente con las dictaduras. Yo creo que la condición femenina, la mujer, choca siempre más formalmente con el modo de pensar y actuar castrense, de los militares. Y máxime cuando éstos llevan a sus últimas consecuencias sus ideas y su organización, es decir cuando implantan una dictadura.
Creo que en el futuro el papel de la mujer seguirá creciendo y será cada vez más importante. Quizá no en este momento en esta parte del mundo, pero sí como tendencia general. Quizá sea menos espectacular pero más decisivo. Estoy seguro de ello. Antes las mujeres apoyaban o seguían. Ahora deciden y se las sigue”.

Pinturas de Ubud

“A mi particularmente siempre me ha sorprendido su coraje al criticar sin ambages los aspectos de su pueblo que no comparte o que considera negativos, sin tener en cuenta las críticas que esto le haya podido acarrear”.
“Sí, es cierto. Siempre he luchado contra aquello que me parecía criticable sin importarme de quién se tratara o la circunstancia histórica concreta. Sin que me preocupara la oportunidad o no de mis críticas.
De hecho estuve un año secuestrado ─creo que ahora se dice desaparecido─, en 1959, por la policía del régimen popular de Sukarto por haber sido de los pocos, el único intelectual, que denunció las persecuciones sufridas por la minoría de origen chino en la joven República de Indonesia. Una persecución que se está repitiendo ahora y que siempre he estado dispuesto a combatir y denunciar.
Hemos sufrido, y lo seguimos haciendo, un feroz dictadura que nos ha llevado también a perpetrar una invasión armada y sangrienta a otros pueblos como Timor Oriental.
Indonesia tiene una visión muy estrecha de sí misma. Somos, a mi entender, un país marítimo. Eso quiere decir un país abierto, encrucijada de caminos y travesías como siempre hemos sido. Pero aquí manda el ejército de tierra. Siempre mirando hacia el interior de las islas para reprimir y controlar a sus paisanos, a sus habitantes de tierra adentro. No pensamos como archipiélago, como país abierto a los mares que nos rodean y a sus hermanos ribereños.
Necesitamos intelectuales que piensen este país. Intelectuales de verdad que piensen en éstas y otras ideas y filosofías nuevas. Que aporten abierta y sinceramente sus esfuerzos y colaboraciones. Y no los hay. Por ninguna parte.
Y ahora aquí todo el sistema está en crisis. La corrupción de todos los estamentos político-militares y la administración en general no permitía siquiera un desarrollo más abierto del régimen capitalista. Seguían pensando de manera semifeudal, como si los servicios prestados les dieran una especie de licencia para robar y para siempre. Su forma de robar, su corrupción, su nepotismo, tenía paralizado al país en su conjunto. Sólo valía la especulación.
La burocracia y la corrupción y la colusión, lo que hoy llamamos KKN ─Korruption, Kolusion, Nepotism─, mantenían al país agarrotado. La crisis era inevitable. Hasta Occidente y el FMI se dieron cuenta y han tenido que intervenir para apartar al dictador y su familia del botín que querían para ellos solos. No dejaban participar ni a las grandes empresas transnacionales como ellas quieren, en este mundo que dicen tan interdependiente. Además son una clase que no sabe más que robar. No crean nada. No potencian nada. No trabajan en nada. Roban, sólo eso”.

“He leído que a usted lo que realmente le hubiera gustado ser es un campesino. Que para usted es muy importante la relación entre el ser humano y la tierra…”
“Sí, es cierto. Hasta hace relativamente poco iba a un terrenito que tenía mi familia en las afueras de la ciudad y me pasaba ocho horas trabajando la tierra. Ahora ya no lo hago. No me siento seguro. En la actual situación de agitación política y a mi edad ya no me siento seguro fuera de casa.
Pero ciertamente siempre he sido en realidad un campesino. Me he considerado un campesino metido a escritor”.

A la vuelta de su encarcelamiento sus vecinos contemplaban asombrados la figura de un Pramoedya enfurruñado, azada al hombro, cavando en un vertedero y unos descampados cercanos a su domicilio. Más tarde se enteraron de que andaba buscando su preciada y extensa biblioteca que al parecer los soldados que fueron a detenerle habían tirado por la zona.
“Y ya para terminar, porque nos han dicho que sobre esta hora suele usted echarse a dormir un rato para no quebrantar su no muy robusta salud…”
“Es un cabezota” responde su editor. “No va nunca al médico. Y ha jurado no pisar un hospital”.

El viajero cita su frase favorita, entre tantas, de Gabriel García Marquez: Hay dos tipos de enfermedades, las que se curan solas y las que no tienen solución, y a Pram, tras la lenta traducción le da un pequeño ataque de esa risa suya tan pausada. Se reclama de la misma teoría.
“Yo ya soy mayor, lo que queda es una tarea para la juventud, para las nuevas generaciones. Yo ya he hecho mi labor y ahora a mis setenta y pico años quiero disfrutar de ver jugar a mis nietos. Yo confío en la juventud. Sigo siendo un sincero y total optimista y confío plenamente en las nuevas generaciones”.
Como corroborando sus palabras entra un joven en la sala acarreando unos libros para que se los firme Pram, unos manifiestos, escritos de protesta contra la represión. Se presenta como un joven periodista represaliado en su trabajo por su actividad en favor del movimiento democrático. Tiende tres tarjetas y la mano abierta:
“Encantado. Mi tarjeta con mi nombre falso, la de mi seudónimo, y la verdadera”. Continúa con su actividad.
“Hay una manifestación frente al Parlamento. No volváis en taxi al hotel. Mejor os llevo yo”.

Antes de venir a la casa de Pramoedya el viajero había leído cómo despedirse a la manera indonesia e incluso había ensayado los dos métodos que le parecían infalibles: un leve roce con la mano de tu interlocutor para luego llevártela al corazón o juntar las manos a la altura del pecho haciendo a la vez una leve reverencia con la cabeza.
Pramoedya lo solucionó a su manera. Les acompañó al coche que les iba a llevar de vuelta al hotel, abrió la portezuela y dio a todos un par de besos en las mejillas mientras encargaba que no olvidara dar las gracias a sus lectores.

Y el viajero volvió a su hotel tres estrellas inferior situado bajo un paso elevado, entró en el bar, miró con desconfianza a su grabadora ahora quieta, confió como siempre en su memoria y pidió una cerveza y un whiskey.

Y mucho tiempo después, frente a su página de Internet y su vaso de café negro recordó cómo pasaron esos años en que pensamos, viajamos y bebimos peligrosamente.

© alfonso ormaetxea 1987-1999- noviembre de 2010

El Cuarteto de Buru publicado por Txalaparta, consta de Tierra Humana, Hijo de todos los pueblos, Hacia el mañana y La Casa de Cristal.

Su libro de memorias Canción triste de un mudo, también está publicado en esa misma casa.
(Nota del Traductor)

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El fantasma de Txus Ulacia en la Alameda

Por un momento dejó de atender el discurso inusitadamente realista y de bajo perfil de los oradores de la tribuna, políticos en trance de dejar de serlo, soltó a la muchacha que bailaba con él, y miró al personaje que pasó a su lado como una exhalación. Tardó algunos momentos en reaccionar y cuando levantó el brazo con la mano abierta para esbozar un saludo, un gesto, el cuerpo sólido de Jesús Ulacia ya había desaparecido camino del Zócalo.

Apenas pudo distinguir sus pantalones de tergal claros, las pesadas botas negras de monte, el sombrero de paja levantino, no zapoteco, y la eterna camisa azul celeste. Pero recordó perfectamente las sienes musculosas y la cabeza maciza, los ojos azules meridionalmente abiertos, los brazos de oso, y el andar a la vez pesado y ágil del zaguero de pelota mano. Y la eterna sonrisa de conquistador, que sólo se le torció cuando se tomó a malas una broma de un francés borde a punto de lanzarse a la piscina de Altea y se tiró vestido, con cientos de miles de pesetas en el pantalón en billetes y en monedas que los niños continuaron sacando durante semanas del fondo de la alberca.

Aquel día le ayudó a salir del agua tirando de sus más de cien kilos, mientras le hacía señas al francés lívido para que se fuera y no prestara oídos a las blasfemias de Txus, que le mentaba a su madre de gabacho incauto que no sabía con quién se estaba jugando los cuartos. Recordaba a Jesús Ulacia como el héroe de su infancia, el vasco racial que colmaba todos sus anhelos de vasco vocacional, bien mezclados además con una simpatía arrolladora, una cortesía de pelotari educado en los mejores frontones de México y una de las voces de tenor bajo más melancólica de los montes y verdes valles de su tierra natal. Por eso se quedó mudo, cuando treinta años más tarde, su fantasma, ─idéntico al que había sacado un coche a pulso de la playa de piedras de Altea con su amigo Bereziartua, también pelotari retirado─, cruzó como una centella a su lado por el Paseo de la Alameda en el DF.

Años más tarde, cuando invocaba su niñez y su infancia pasada en el Sur, cada vez con mayor asiduidad ahora que frisaba los sesenta a la vez que seguía afirmándose en la frase de Groucho, “¿Mi niñez?... Puede usted quedarse con ella”, recordaba como un icono a esos vascos retornados de México que habían invertido todo el dinero ganado en apuestas algo turbias, rompiéndose las manos con la pelota o los riñones escalando la pared izquierda para cazar con la cesta el bólido blanco que les amenazaba a casi 200 kilómetros por hora, y todavía se dolía de su parálisis aquella tarde en el centro del DF, con ese arrepentimiento sin perdón que destila las cosas que no tienen remedio, por no haber gritado a voz en cuello: ¡Txus, Txutxo! Y haber corrido a agarrarle por su hombro rocoso.

De Ulacia corrían miles de leyendas que se mezclaban en diversos compuestos según la fuente que las relatara y sus sentimientos hacia ese hombre ya convertido en leyenda en esos años de moscas y sandías del desarrollismo levantino que tan bien mezclaba con la construcción de una costa que apuntaba salvaje. Si la fuente era antivasca, algo que comenzaba a ser habitual en aquellos tiempos en que ETA ensayaba sus primeras acciones de sangre y que se juntaba con la tradicional desconfianza que los franquistas camisa vieja siempre había alimentado a pesar de los Requetés y Tradicionalistas, se murmuraba una morbosa historia de cómo se había peleado a cabezazos de carnero por una moza en Motrico. Y se salpimentaba la historia describiendo el correr de la sangre por la frente hasta cegarle los ojos, mientras retrocedía de nuevo para tomar impulso albergando un sólo pensamiento en su cabeza: volver a embestir a su contrincante.


Pero también el personaje llenaba el estereotipo de vasco en otros aspectos. Era católico, mujeriego y sentimental. De su catolicismo a su manera hablaba él mismo. Contaba cómo visitaba la iglesia cuando creía que no había curas y se hincaba de rodillas delante del sagrario hablando en voz alta para escándalo de beatas y alguna íntima satisfacción del párroco, que contemplaba la escena parapetado tras un confesonario al que Ulacia nunca recurría:
─No me hagas más putadas, Tú. Hace más de dos semanas que no vendemos una escoba de esos apartamentos en que he metido todos mis ahorros de pelotari. No me jodas más, échame una mano, hostias.
Y a continuación se pasaba al vascuence. Y seguía la retahíla un rato, aunque su idioma original no le permitía manejar los tacos con la generosidad del castellano.
Porque Ulacia había llegado a Levante en los desarrollistas años 60 tras varias décadas de jugar en los Jai Alais de las principales ciudades mexicanas, Acapulco, Veracruz, el Deefe… con alguna época en Miami, más dicharachera, pero que a Txus no le gustaba tanto por el idioma, pero sobre todo por la ausencia de una colonia vasca tan arraigada como la de México.

Llegó a Altea de la mano de varios medio vascos que andaban por la zona y que se habían quedado prendados de la bahía, del pueblecito de pescadores con iglesia en lo alto, tachonada con una cúpula de azulejos azul ultramarino que le confería un cierto y remoto sabor a griego; de una playa de cantos rodados escandalosamente vacía, del olor a azahar que se extendía entre las huertas, del Levante que soplaba bonachón desde el cercano peñón de Ifach. Uno de esos medio vascos errantes, nacido en Puerto Rico, había participado en el rodaje de una película más del Régimen que el brazo incorrupto de Santa Teresa, cursilísima, que según dijo un crítico de la época en comentario jamás publicado, hacía llorar hasta a los acomodadores… pero de risa. Una de las escenas cumbres consistía en la confesión del cura protagonista, misionero en la leprosería de Molokai y apestado, que como no se le permitía subir a bordo, tuvo que contar sus pecados desde una barquilla a otro capellán encaramado, nadie sabía por qué, a la jarcia de una goleta. Para filmar esa escena se recurrió a la bahía de Altea, al sur del peñón, y los productores repararon, quizá por desviación propia de su profesión, en las posibilidades urbanísticas de la zona y las facilidades que a notorios personajes vinculados al Arzobispo Morcillo, un individuo que como el Biscuter no tenía marcha atrás, les brindaría sin resquicios las autoridades municipales y gubernamentales.

Así nació un complejo de apartamentos que acabaría más densamente poblado que cualquier ciudad asiática, con su bloque y su torre de 16 pisos en poco más de hectárea y media y que sus socios, entre ellos Txus Ulacia, trataban de vender a toda costa entre amigos, allegados y cualquier despistado que acababa por esos andurriales, en su mayoría franceses, algún sueco muerto de sed de sol y un puñado de holandeses prehippies que husmeaban chollos sin perder su sangre de comerciantes y tentaban con bajísimas pujas a los campesinos viejos y hartos de remover la tierra con azadas blandidas por varias generaciones.

Txus había llegado con la cartera llena, una furgoneta que se había comprado en Madrid, un 2CV de fierro acanalado que llamaba Fabiola y que le borraba su melancolía de coche americano de cambio autómatico, de esos que los mexicanos llaman lancha y los españoles Haiga, por aquello del indiano que pedía el más grande que haiga. Y siempre que veía a alguna joven camino de la urbanización en construcción o en dirección al núcleo del pueblo, le ofrecía un asiento tras quitarse un sombrero de paja que siempre coronaba su poderosa cabeza, bastante calva como buen guipuzkoano. También se había traído una esposa que no le había dado hijos, sin que las comadres supieran distinguir si por culpa suya o de ella, de piel blanquísima y ojos acuosos, chilanga hasta la médula aunque nadie supiera tampoco a ciencia cierta su origen, que sufría con paciencia de menopáusica los tremendos celos que su marido le causaba y que, desde luego, tenían fundamento, pero nunca justificación, según explicaba el propio Txus en voz baja en sus correrías nocturnas. Y hay que decir que Txus siempre paraba y ofrecía asiento a las jóvenes y no tan jóvenes, pero también a los niños, a los que tenía hipnotizados y a hombres hechos y derechos, aunque a estos últimos con menos aparato que a las mujeres y menos alegría que a los niños.

Sueño de una tarde dominical en la Alameda

Algunas mañanas en que los nadadores más conspicuos madrugábamos para llegarnos hasta la boya antes de desayunar y de que el Mediterráneo alzara la más mínima ola, nos encontrábamos a Txus sentado en alguna de las escaleras de los cuatro portales del bloque, cantando quedito agarrado a una botella de whiskey del caro, con la mirada perdida pero la simpatía intacta, saludándonos con su arrolladora energía:
─Jóvenes… Vayan a nadar en esa sopa de pescado. Cuidadito con la resaca.

Y seguía cantando quedito, tratando de dilatar al máximo la subida a su casa, donde su mujer ya estaría encendiendo alguna veladora a santos de uno y otro lado del sincretismo mexicano y afilando los reproches que iba a lanzar a su marido.
Decían que curaba con artes que nadie sabía si se debían a su origen ignoto de piel blanquísima o a su raíz mexicana, pero el caso es que encendía diminutas ascuas sobre las espaldas de sus inertes pacientes y luego las apagaba con los dedos y colocaba unas ampollas de cristal haciendo el vacío. Sin duda una ceremonia espectacular de potente puesta en escena, arropada por música clásica, lo que le añadía un componente fuera de lugar, aunque nadie pudiera dar fe de la más mínima mejoría de sus pacientes, por lo general niños aquejados de polio, jóvenes con debilidad congénita, algún muchacho con discapacidad intelectual, de esos a los que entonces se les llamaba “un poco falto”.

Entre las anécdotas que circulaban entre su colonia de admiradores, destacaba aquella atribuida a su periodo en Miami, en que se apostó una elevada suma de dinero a que acababa con la carta de un restaurante de cierto renombre. Dicen que pidió la carta por su orden, primero todas las sopas, luego todos los entremeses, los pescados y las carnes.
Perdí. No llegué a los postres. Nunca me tiró demasiado el dulce, decían las mismas fuentes que Txus afirmaba con sorna vizcaína, de bilbaíno fantasma nacido en Motrico.

Otra cosa que fascinaba a su parroquia y que él administraba con avaricia, era lanzar piedras con la mano. Cuando observaba que el habitual corro de niños en la playa había reparado en su presencia y se levantaba presuroso para ir a su lado, se agachaba lentamente, rebuscaba entre las piedras que el río Algar depositaba en la playa y que más tarde salvaron al pueblo de un futuro tan ominoso como el de Benidorm, escogía una del tamaño aproximado de un cuarto de su mano de hormigón y la lanzaba sobre el mar golpeándola con la mano abierta, igual que cuando sacaba desde el fondo de la cancha.
Muy pocos tuvieron oportunidad de verle jugar en el cercano frontón del Rincón del Albir, donde se levantaba una residencia para empleados del Banco Bilbao. Cuando llegó su amigo Bereziartúa, que se reclamaba campeón del mundo de cesta punta, hacían pareja y dicen que ganaron mucho dinero apostando clandestinamente con los empleados de la residencia, en su mayoría vascos apostadores aun a pesar de su poca afición al riesgo que su profesión les demandaba.

Con Bereziartúa hablaba en vascuence cuando quería ponerse de acuerdo y mi padre decía que su charla sonaba como el lenguaje de los pájaros. Y también en ocasiones particulares, en la segunda parte de sus rezos blasfemos, cuando Urtain ganó el campeonato de Europa de los pesos pesados ante un paquete alemán que había calentado el espectáculo de barraca que ofrecieron afirmando que las piedras que el de Cestona levantaba se las tiraba él a los pajaritos. Y cuando cantaba, lo hacía siempre en vascuence si no estaba borracho, porque si lo estaba, casi siempre de madrugada recién amanecida, prefería ─como yo llegué a entender algunos años más tarde─ los boleros que contaban esas enormes mentiras de amores rotos y cantinas permanentemente abiertas como un refugio de alta montaña.

Un niño le preguntó una vez si había perdido alguna pelea y Txus le dijo que nunca se había peleado, que le bastaba su simpatía y su envergadura para que la gente mudara el ánimo o se sumara a su mesa. Sólo una vez, recordó con la mirada perdida. Había un grupo de mexicanos de mal vino que se la pasaron tirándole huesecillos de aceitunas desde la mesa contigua. Se levantaron para decirles algo, pero el mexicano que iba con ellos de reventón les señaló el bulto de sus caderas donde ya reposaba alguna mano y el corte de pelo reglamentario de policías judiciales en noche de farra, con ganas de echar desmadre y echarse de paso algunos gachupines al coleto. Volvieron a sentarse, apuraron sus tragos y se fueron discretamente por la puerta del otro lado de la cantina en Coyoacán.
Con fierritos no se vale, m’hijo, subrayaba imitando a duras penas el hablar de Mario Moreno, Cantinflas, al que por aquel entonces ponían un mes sí y otro también en el cine del colegio del niño que Txus había llamado m’hijo.

Pero aquel incidente, que a ojos de los niños mancillaba un poco el tamaño ciclópeo de la leyenda de su héroe con esa decepción incrédula que hacía asomar lágrimas en el cine del colegio cuando el prota de las películas de vaqueros sufría una paliza a manos de los terratenientes, quedó pronto olvidada el día en que Txus sostuvo al conserje de la urbanización sólo por el cinturón sobre el hueco de la escalera del piso 16 en que se celebraba la junta de propietarios. Se trataba de un inviduo llamado Selvita, de diente retorcido, que tenía amargados a los niños por las restricciones que ponía a los baños en la piscina inventando las más peregrinas excusas. Nunca jamás se volvió a ver en la urba al retorcido vigilante y los niños se bañaron a partir de ese instante siempre que les vino en gana, mientras Txus les guiñaba un ojo apresurando el paso camino de la Fabiola.
* * * *
Aquel niño al que empezaba a salir vello encima del labio superior, cambió los veranos mediterráneos poblados de semi invencibles héroes vascos por las brumas de Dublín y la Irlanda rural, con personajes más borrachos pero no menos cantarines, intentando aprender la lengua de Shakespeare a la vez que le alejaban de la casa familiar para que dejara de molestar a su madre con su carácter de benjamín tocapelotas no deseado.

Años más tarde, por historias de la vida que no vienen a cuento, recaló en el Castillo de Chapultepec el día que se firmaron los acuerdos de paz entre la guerrilla del Farabundo Martí y el gobierno de El Salvador, y andaba por la Alameda que tan bien retrató Diego Rivera en aquel enorme cuadro que se exhibía no muy lejos, lleno de fantasmas y de muertos, de obreros enardecidos y calacas, de personajes que esculpieron la historia de México y acaso del mundo entero, algunos a caballo como el nunca muerto Emiliano Zapata. Fue entonces cuando vino a cruzársele mientras bailaba, él que nunca bailaba, el mismito fantasma de Jesús Ulacia y se quedó paralizado y con el brazo levantado a modo de saludo y los ojos al borde de las lágrimas de pura nostalgia.

Pero Txus, su fantasma, no quiso volverse para guiñarle otra vez el ojo, animarle a sumergirse en esa sopa de pescado que era el Mediterráneo y ofrecerle la Fabiola para llevarle a comerse un helado en la terraza de La Jijonenca.

© alfonso ormaetxea
1 de septiembre de 2010

martes, 16 de marzo de 2010

Quizá el cielo sobre Berlin




Berlin en invierno: la feria ITB de turismo

Si el viajero decidiera alojarse a principios de marzo en Kurfürstendamm, estaría eligiendo una zona bien ubicada para acudir a la Messe, por esa época dedicada al turismo. Además, la zona conserva el glamour un poco ajado del escaparate capitalista del Berlín occidental de los setenta y ochenta. El viajero podría dejarse adormecer por un Reisling decente en la Literaturhouse de la cercana Fasanenstrasse, lugar de cita de todos los catálogos de las actividades culturales de la ciudad, para acercarse luego a la recoleta Savignyplatz, donde los restaurantes mediterráneos compiten por una clientela esquiva, tentada por el cuadro de una felación que preside el austriaco Ottental, flanqueado a su vez por un enorme reloj de estación adonde ya nunca llegará tren alguno.

Y un sábado amargamente gris quizá se decida a salir de la cama y encarar el zoo con su portal de ópera china, dejarlo a su izquierda, y continuar por Budapester Strasse hasta topar con el canal Landwehrk, para abandonarlo a continuación y sentirse interpelado por las columnas estrepitosamente torcidas de la embajada mexicana con todo el trapo desplegado al cielo inexistente de la ciudad, quemado a algunos grados bajo cero.

Pero mejor el viajero retrocede sobre sus pasos para no tener que enfrentarse al ángel dorado de Neue National Gallerie. Y ahora sí, levanta la cabeza para exorcizar las ramas sarmentosas de los árboles detenidos y arrestados por el invierno que puntean el camino hasta la
Neue Museum Berlín
Tiergarten y contemplar en cambio la caja de cubos y el aprendiz de obelisco que asegura como un entierro el fin de los días de la racionalidad germana en la década de los treinta y señala el museo archivo de la Bauhaus. 

Allí aún sobreviven como pecios cuadros de Nolde, Fichter, Kolbe, Munch, Kichner, Kokoscha y otros pesimistas bien informados que se atrevieron a profetizar lo que ya sangraba de evidente.
Pero es sábado, llueve algo de nieve y la sala de entrada, diáfana y vacía del todo por deseo del mismísimo Mies Van de Rohe, no abre hasta las once y el viajero, como otros indigentes sentimentales, se guarece hasta que da la hora en la cercana Biblioteca Estatal, paraíso de estudiosos que hacen resonar sus pasos perdidos en las salas que un observador novato creería sin techo.

No sabría decir si es el vacío de las cristaleras, la araña de cristal, los ojos de las modelos de Nolde, la sala de los retratos de familia, el café Fledermaus que toma su nombre del cabaret homónimo, o la librera que ríe y se excusa de que el libro elegido esté solo en alemán, -todavía soy joven para aprenderlo responde el viajero con sorna cuando lo compra-, lo que le arropan el alma como un Martini seco, hasta que gana la calle a regañadientes, se cala la boina negra y enfila hacia Unter der Linden procurando no dedicar ni una mirada a las tiendas de recuerdos.

Berlín entonces se le antoja un souvenir de osos y camisetas pero como en otras ocasiones el puesto de libros de la Universidad von Humboldt le rescata de la melancolía; mata a continuación el impulso de sacar la cámara y retratar la torre de la televisión contra las agujas de cobre de la iglesia cercana a Alexander Plazt, siempre vinculada en su cabeza a la música del siciliano Franco Battiato.


Unos niños tratan de subirse a las rodillas cautivas y desarmadas de las estatuas de Marx y Engels, los jubilados empuñan los filetes de pescado del autoservicio cercano mientras se arraciman contra el viento helado, un vopo de mentirijillas ofrece gorros rusos no menos falsos, dos gañanes se empujan mientras jalean a su equipo de fútbol favorito, una barcaza de recreo realiza su milimétrica maniobra sobre el Spree y el viajero renuncia al resto de la tarde, al busto de Nefertiti, a los Hell’s Angels de pega, al Check Point Charlie sus obras y sus pompas, a las rumanas que le abordan -Do you speak english? No, only romanian, contesta desafiando sus gestos obscenos-, a las italianas vestidas de Maddona, al olor desmayado a salchicha muerta... y salta casi con ansia al 100, prácticamente un autobús turístico, donde ve desaparecer sobre el prístino palacio Schloss Bellevue la tarde y el cielo de Berlín, algo que estuvo a punto de sospechar que nunca había existido.

alfonso marzo 2010

sábado, 12 de septiembre de 2009

Rompiendo las olas

El bergantín Astrid
De Ámsterdam a Santander en velero bergantín
A las seis de la mañana de un día de septiembre y tras una hora de navegar desde el muelle de Javakade en el puerto de Ámsterdam, llegamos a la esclusa. 

Una maniobra sencilla, un amarre, unos saludos con el jefe de esclusa, las tripulaciones de otros barcos, y el mar del Norte se abre ante la proa. A los trainees, los tripulantes enrolados una semana como becarios y aprendices en el Astrid, un bergantín de 30 metros de eslora, trescientas toneladas y 90 años muy bien llevados, se nos invita a pasar al salón a desayunar. Tres minutos más tarde, el ochenta por ciento sale a cubierta con distintos grados de palidez y las últimas migas colgando de las barbas o temblando en las comisuras de la boca y comienzan a vomitar en unas bolsas facilitadas por la tripulación que, biodegradables, se pueden arrojar por la borda con toda confianza. El mar parece sonreír y nos hace gestos para que pasemos, para que nos adentremos en su frío seno.


El Astrid se mueve de proa a popa y de babor a estribor, curiosamente todo al mismo tiempo, como una boya perdida y a la deriva. A la hora, aferrado a una escota, el viajero, trasmutado en apenas marinero, se pregunta si todo el viaje, los siete días restantes, van a ser así. Mira al capitán, que ni siquiera lleva el timón, —lo hace Wilhem, el primer oficial, un chaval de 22 años, economista, enrolado por dos años y con treinta mil millas a sus espaldas—, y se alivia un poco… sin soltar la escota.
Apenas unos sandwiches para comer, hay que tener el estómago ocupado para que no mande señales equívocas al laberinto, y se organizan las guardias en el castillo de popa. Seis trainees, cuatro horas, timón, vista al frente, motor, viento de proa; el Astrid sólo ciñe a partir de setenta grados.

El viajero mira desconfiadamente el GPS de mano amarrado al lado del timón, la falta de chalecos salvavidas, de línea de vida, las olas entrando por proa y amuras y saliendo sin ganas por los imbornales, —ya han caído dos cámaras digitales y un móvil— y vuelve a mirar al capitán, rubio, casi 60 y un leve parecido a Mickey Rourke antes de chalarse completamente, que sorbe café ajeno a todo.
Sale de guardia en medio de un vacío casi perfecto, casi todo el mundo en los camarotes acostados en cama, y descabeza un sueño en un banco corrido del salón, luchando con las mariposas del estómago. Milagro. Despierta casi recuperado del todo a los 60 minutos, come algo de la cena y se sumerge con prevención en el vientre del bergantín buscando el camarote nicho donde lucha contra sí mismo y su estómago y los ronquidos de su compañero de la litera de arriba.
A las cuatro el mar del Norte se ha calmado un tanto y el principio del embudo del Canal de la Mancha se abre sereno, lleno de barcos a ambos lados, mientras el timón navega solo atado al piloto automático. El capitán mira una pantalla donde figura trazado el rumbo, los otros barcos, las profundidades, la posición, el tiempo estimado de llegada a puerto y un sinfín de datos ininteligibles para el lego. En el cuarto de derrotas, nombre sugerente, hay más aparatos que en el dormitorio de un frikie, con un radar capaz de delatar las olas y la lluvia fina y un IS que informa de la identidad, rumbo, distancia, naturaleza y amantes de la tripulación de todos los barcos en un radio de sesenta millas. Peter, el capitán, bebe café y me sonríe.
El capitán del Astrid


Cuatro horas después buen tiempo a la altura de Dover, apenas algún vómito arrepentido, el Astrid navega impasible sin embarcar apenas agua, el cielo apunta azul, algunos se sirven cerveza de un grifo artero que escupe más espuma que líquido, —trucos viejos de holandeses errantes—, y los trainees se extienden por proa, miran asombrados los infinitos barcos, cargueros, gaseros, cargueros de contenedores y de coches, petroleros, vinateros y quién sabe qué... que transitan una de las rutas más apelmazadas del mundo.

La costa inglesa desaparece poco a poco por estribor, el ingenuo barco pirata navega a palo seco, los becarios se las prometen felices.

A las tres se apaga el motor en la guardia del viajero, y se izan tres cuartos de trapo, un montón de velas cuadras de nombres equívocos y se extiende el silencio, el rumor de las olas contra la quilla y las amuras. El movimiento se hace más muelle, más confiable, la proa parece ya no dudar tanto, la confianza se extiende mientras la tripulación repite como un mantra, “una mano para ti, otra para el barco”. O sea no soltar nunca un apoyo por mucho cabo del que tirar entre los movimientos un poco traicioneros del bergantín.

La comida sigue cuartelera, mucha proteína, poco vegetal, menos fruta. Algunos recurren a ese zurrón medieval de español pícaro lleno de jamón, pan de torta y chorizo. Las guardias se suceden con amaneceres tranquilizadores, timoneles confiados, gavieros sonrientes, jarcia sin retorcer, cabos sin vicios. Algunos empiezan a exhibir su experiencia, sus barcos, sus conocimientos, sus viajes, sus regatas, su ropa oceánica. Mientras, se hacen los turnos de limpieza, de fregar platos, de limpiar baños, entre escaqueos y risas y algún mal humor. Algunos siguen vomitando a ratos sueltos, en cuanto el mar se suelta.

Y llega la hora de la tortilla, española por supuesto, propuesta por los miembros de la organización del viaje. Para veintitrés, once tortillas, que los holandeses degluten sin el entusiasmo ibérico de los fanáticos. Y sin pan. Luego un mar de aceite en la cocina que hace que el turno de limpieza blasfeme con convinción, y el golfo de Vizcaya empieza a hacer de las suyas, de las genuinas de auténtico golfo. 

El viajero sube a su cama en espera de su guardia y tiene que aferrarse a los pequeños bordes de madera para no caerse. Otros que duermen atravesados y sufren el viento de través fuerza 5, alrededor de veinte nudos, tienen que cambiar la orientación de la almohada para no volar como Superman, cabeza abajo.

Y luego de unas horas combatiendo en cama con el viento y las olas, el viajero sale con prevención a cubierta a las siete de la mañana, antes de poner el servicio de desayuno, mientras sacude la cabeza pensando en el día que se avecina: viento, nublado, mareos, mucha mar. Y emprende su guardia a popa, alternando timón, vela y vigilancia.

Al cabo de unas horas, la mar se aclara, el viento remite, las nubes se abren y el sol centellea. Nunca el sol y la luz se han hecho más presentes. El gallego enorme sale con su sonrisa enorme a reír la amanecida, los jóvenes bromean y se palmean los hombros, David guiña un ojo, José advierte que ya lo dijo. El día transcurre soleado, la proa no moja y la crema pantalla total corre de mano en mano de los más blancos.

A las doce de la noche entra de nuevo de guardia el viajero y las estrellas lo ciegan. Al timón, que lleva mal, contempla borracho de mar el árbol de navidad del palo mayor, veinticuatro metros, con las velas cuadras del capitán Sparrow, de los Clicks de Famobil, y cómo se balancea contra Altair, el punto de referencia del rumbo 167º. Pasan satélites, algún avión francés militar a echar un vistazo, muchos aviones comerciales. El camarote no tienta al viajero al final de la guardia a las 24 horas y agarrado a los cabos se dirige a proa, tan poco frecuentada, donde ha visto pasar, rotos como las olas, algunos de los errores de su vida, todas las personas queridas, la hoja de ruta de su futuro, parte de su pasado, algunas canciones de Polo Montañez, la playa de la Concha al amanecer, los ojos de su última gata, el cadáver del Cónsul abrazado al gusano del mezcal, la mirada chueca del loro de su niñez, el lago de Managua, el karaoke oaxaqueño donde perpetraba a Alfredo Jiménez, los replicantes de Blade Runner

A las seis, vuelve al puente y el capitán le pregunta porqué no duerme. Ahora amanece y la mañana es tan hermosa que alivia a la vez que hace daño. Al fondo Cabo Mayor emite un rayo distante.
Se fondea frente a la isla de Mouro y el viaje se marchita.
Peter, el capitán, llama al abuelo y a su nieto David, con una pequeña discapacidad psíquica, y solicita los servicios del viajero como traductor:
—Anoche te vi al timón. Lo hiciste muy bien, mantuviste el rumbo perfectamente, felicidades.
David extiende su sonrisa prodigiosa.
Y ahora dirigiéndose al abuelo:
—También vi su cara de felicidad…
El viajero traduce, se sube a la Zodiac que ha venido a buscarle, gana la bahía y casi pierde el tren que llevará de nuevo a Madrid.

alfonso. Septiembre 2009

P.D. El Astrid naufragó en la costa sur de Irlanda el 24 de julio de 2013. Unos meses más tarde se reflotó. A día de hoy no se sabe si volverá a navegar.


lunes, 25 de mayo de 2009

Varanasi, ciudad oscura


 Una de las múltiples que la humanidad tiene por ciudades sagradas –Jerusalén, La Meca, El Vaticano o Las Vegas-, Vanarasi confirma la frase de Marx de que lo que una vez fue drama, regresa revestido de farsa.
Lo que una vez purificaba con las aguas juguetonas bajadas del Himalaya, hoy empercude hasta las almas más negras y encallecidas.

De las tres veces que el viajero ha estado en Varanasi o Benarés, la de los tres ríos, esta le ha parecido la más aviesa. La ciudad hindú, con un 32% de musulmanes, se le aparecía entre un sucio amanecer que prometía 45º a las sombras escasas de los vericuetos, reflejando en un espejo trucado lo se que se atisbaba en el fondo de la caverna cuando las luces de la hoguera jugueteaban con los miedos más ancestrales que seres difícilmente humanos aún, en una época muy, muy lejana, no querían volverse para ver.

La primera vez el viajero sintió un asombro genuino y un estremecimiento sincero, colgados de sus treinta escasos años. Los delfines negros que jugueteaban con el cadáver de un niño no cremado, –demasiado joven para merecer la purificación de la hoguera-, la estulticia de un ejecutivo que parecía un vendedor de seguros del grupo Ocaso y se lavaba los dientes con parsimonia al lado del muchacho que aseaba primorosamente a una vaca, el olor insinuante a cadáver rancio que caía de unas angarillas cubiertas de andrajos, la fe recién conversa de los post hippies que se lavaban al lado de un emisario que vertía al río con la dignidad y el aburrimiento perverso de un funcionario municipal las aguas negrísimas de la vetusta ciudad en que predicó por vez primera Buda, la pejiguera del barquero empeñado en vender una alfombra a quien la mochila no le pesaba ni cinco kilos… Todo ello más el sol de las ocho en punto de la mañana hizo que el viajero recorriera al trote la ribera, camino de su hotelito en busca de una baraja y un librillo para ahogar la espera del autobús que le subiera a Nepal y le alejara por unos años de tanto olor a muerte miserable.

La segunda vez fue más amable porque el viajero era más viejo, los delfines se habían extinguido hartos de comer cadáveres con tan mala bebida de acompañamiento, el barquero no vendía nada por miedo a la mirada de piedra del guía -estudiante de filosofía-, la noche anterior los brahmanes habían bailado con cierta gracia las oraciones en honor al falo enorme de Shiva, a su linga negra, el candor de la mirada del sadhu desnudo desarmaba, y el viajero ya había olido el aroma a muerto de cadáveres más cercanos, igualmente cremados, pero a resguardo de la mirada de turistas ansiosos de captar no se sabe qué resquicio mágico, qué chispa de eternidad, en su tránsito hacia la nada.

La tercera vez, -y la última se jura el viajero no muy convencido-, el Ganges levantaba olas de mentirijillas, encrespado por un viento de oriente; los niños, de vacaciones por los durísimos calores de mayo, aprendían a nadar entre risas, y dos indios gordos jugaban entre las aguas pasándose una pelota de volleyball. Solo un aprendiz de gurú, disfrazado de cienciólogo arrepentido, miraba hacia el sitio donde debería aparecer el sol, mientras hacía como que meditaba sobre el más allá, que se encontraba en el horizonte, en Calcuta, donde los comunistas estaban a punto de perder su hegemonía de muchos años en las elecciones en curso.

Sin embargo, el paseo por las calles desiertas de turistas en su sano juicio, los templos caseros con sus imágenes teñidas de pinturas de guerra compradas en un todoacien, la grisura de un amanecer rencoroso, la mirada turbia de las vacas que se guarecían en los zaguanes de las estrechísimas casas, el color ceniciento del lassi casero que intentaba vender en un cubo una viejecilla impasible, el ejército custodiando la mezquita levantada sobre el viejo templo de Shiva, el Templo Dorado del mismísimo Shiva unos metros más adelante, el olor a cabello quemado del cráneo del muerto que crepitaba en la pira, los bostezos de los francotiradores apostados en los
tejados y la mirada perdida, borracha de sueño y sándalo, del primogénito de cabeza recién rapada, duelista a la fuerza, consiguieron que el viajero apretara el paso y afilara la mirada mientras se prometía no volver a una ciudad sagrada hasta que no fuera convenientemente desacralizada, oreada y tendida a un sol más clemente, que permitiera crecer una hierba menos amarga.

alfonso, Varanasi 1988-2009

Nunca podemos volver al mismo sitio. Incluso en el caso de que ese lugar no se haya vuelto irreconocible –cosa cada vez más difícil-, el paso del tiempo nos ha hecho irreconocibles a nosotros.

Eduardo Jordá, Lugares que no cambian